Rándom

De cómo el futbol me rompió el corazón

Tengo que presentarme, es un ejercicio aburrido pero obligado. Ahí voy: nací una madrugada de sábado, después de más de 12 horas en que hice sufrir a mi madre en labor de parto.

De niño, como muchos otros, encontré refugio en el futbol. Pero siempre fui más allá. Hubo fines de semana que, mientras mi familia salía a cumplir con los compromisos, yo me quedaba encerrado viendo futbol, programas de análisis y todos los resúmenes que eran posibles en dos días.

Me sabía la tabla de pé a pá y esperaba los lunes para llegar a comentarlo con mis amigos y hacerme el “sabelotodo”. Por supuesto que tuve un equipo mexicano al que le entregué mi pasión (el otrora “equipo de los niños” del que hoy no puedo ni pronunciar su nombre), y digo que tuve porque en estos momentos soy un huérfano y un apátrida. Y quedé en esa condición porque el fútbol me decepcionó durante mucho tiempo. ¿Qué sucedió? Que crecí y me di cuenta del cochinero que significaba el futbol en todo el mundo, pero sobretodo en mi país. Y decidí hacerme a un lado. Quemé -en sentido metafórico- las playeras del equipo que me hizo reir y llorar, y ya solo miraba de reojo, como no queriendo, los mundiales y a las estrellas del equipo europeo que me apasiona hasta la fecha.

Pasé muchos años del final de mi adolescencia renegando de algo que sabía que me encantaba. Pero un día, que casi no recuerdo, hice las pases con el deporte más hermoso del mundo y algunos enanos futbolistas me hicieron recobrar el amor por el futbol.

Por esa razón estoy aquí, escribiendo estas líneas, porque me di cuenta que no podía vivir sin esa parte que me vuelve irracional, un apasionado que no soporta ver a los suyos caer y que también sabe y acepta que en el futbol hay un grado de belleza que algunos se niegan a aceptar.

Años más tarde, después de este ejercicio de exorcismo de mis demonios, mezclé dos de mis hobbies: el futbol y los libros; y hallé cosas grandiosas donde se combinaban, pero nada como lo escrito por el inglés, Nick Hornby.  

Él es un fanático a morir del Arsenal y también profesor de literatura inglesa. en uno de sus libros escribió: “Me enamoré del futbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y los sobresaltos que la experiencia traería consigo”.

Después de leer esas líneas por primera vez, me di cuenta que así me sucedía y que debía volver por el camino del balón y las patadas.

Yo solo espero que ustedes que leen, entiendan que aquí solo escribiré con emoción infantil sobre el deporte que mueve miles de emociones alrededor del mundo, pero también que mueve miles de millones de dólares y, por lo tanto, muchos “negros intereses”. Pueden decirme el Villamelón*, aunque deben saber que existe un equipo que me hace perder la cabeza (y que nunca mencionaré).

Finalmente, y como lo hizo también Hornby, debo decir que me he abandonado y “he terminado por disfrutar de la miseria que me produce el futbol”. Que viva siempre, que nunca muera.

*Villamelón. Dícese de una persona que no tiene un equipo definido, en cualquier deporte, pero que siempre apoya “al que va ganando” o “al que juega mejor”. En México, abunda una fauna muy extensa de este tipo de aficionados. Si no lo cree, pregúntele a todos aquellos fanáticos de los Pumas que solo le van al equipo por su bicampeonato de hace unos ayeres. 

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