Caronte: crónicas al inframundo

La morgue – Caronte: crónicas al inframundo

Por Jim (@DirectorJim)

¡Saludos, viajeros a lo desconocido!, les saluda Caronte, barquero del Estigio. A pesar de que la muerte sigue siendo un negocio rentable, cobrar a una moneda el pasaje ya no alcanza, por lo que he decidido presentarles estas pequeñas crónicas. En ellas, hablaré sobre las cintas en las que ustedes buscan la misma emoción que sentirán antes de emprender el último camino conmigo, con la finalidad de responder la pregunta clave: ¿sí dan miedo? Así que súbanse, pónganse cómodos y disfruten el recorrido si pueden, que esta ocasión hablaremos de una cinta con uno de mis lugares favoritos: La morgue.

 

Con unos bellos créditos iniciales, el director nos despista para asestarnos el primer susto, presentándonos una escena del crimen violenta y cruda, dejando muy en claro que clase de imágenes podremos esperar el resto del filme. En medio de todo ello, se encuentra un alguacil angustiado, ya no por los crímenes, sino por el misterio que envuelve al cuerpo de una bella chica, sin señas de su identidad o marcas que indiquen cómo murió.

Pronto llegaremos al que será el escenario principal: la mentada morgue del título en español (¿no era igual de aterrador llamarla “La autopsia”?), propiedad de los Tilden: Tom, un experimentado forense, y Austin, su hijo con miras a seguir sus paso. Esta es la sección más lenta, diseñada para presentarnos a los protagonistas (y para que de verdad nos importen), pero que a la par construye un arsenal de recursos visuales y sonoros los cuales, en los próximos minutos, serán los responsables del cosquilleo en nuestra nuca.

La autopsia marca el verdadero comienzo de la película. Cada nuevo hallazgo en aquel cuerpo es incómodo a la vista, empezando por su semblante inquietante, que parece mirarnos directamente a nosotros… Sin embargo, el misterio va creciendo, pues lo que pasa ahí es insólito y carece de sentido, aunque el viejo Tom siempre tenga una respuesta (y sí, siempre tiene los libros correctos).

Antes de que podamos cuestionar algo, el primer desastre ocurre y nos saca de balance. La morgue, apenas hace unos momentos un lugar familiar, se vuelve hostil y desconocida (esos malditos espejos podrían perseguirme en las noches). Cada esquina aguarda un nuevo ente de pesadilla, todos con un diseño que no escatima en detalles, a pesar de que los veamos poco.

Justo la sutileza es lo que logra crear la atmósfera tan pesada, pues en lugar por apestar a un festín de sangre y tripas, el realizador ha preferido las sombras para que nosotros completemos el resto de la imagen con nuestra imaginación (algo que hace que hasta los típicos jumpscares sean más elegantes). Y no da tregua, pues incluso los tenues momentos de respiro que hay son aniquilados por una música que se te mete bajo la piel o revelaciones familiares muy dolorosas.

Sabemos que el final cuando se ha derramado tanta sangre, y cuando la respuesta al misterio es pronunciada en voz alta, la cual sólo dejará más preguntas para cuando empiecen a rodar los créditos. Sin embargo, es probable que tardes en planteártelas, pues primero masticarás ese malestar que la película ha dejado en tu boca.

¿El veredicto del barquero? Como un viaje por el Estigio, pero más emocionante. No es que sea un parteaguas en el género, pero en definitiva está elaborado con tal maestría que logra intrigarte con su misterio y atraparte con su atmósfera, tan sólo para aterrorizarte con una simple campanilla.

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