Rándom

De cómo una carta se convirtió en el emblema de un acoso

En España, en la región de Murcia para ser exactos, una carta causó polémica hace tiempo… Sí, así como lo oyen, una carta –“y qué es eso, preguntarán los adolescentes”–.

Vayamos por partes, una carta es una herramienta que hasta antes de la llamada “Era de la Tecnología” utilizaban los seres humanos para comunicarse con las personas que estaban lejos, con el paso del tiempo la práctica de enviar misivas se convirtió en aquélla popular de enviar correos electrónicos.

¿Y entonces por qué tanto alboroto? ¿Cuánto daño puede causar una carta? Júzguenlo ustedes mismos después de conocer la historia.

Resulta que un chico tapizó Murcia con copias de una carta dirigida a una chica que vio “la noche del bando, sobre las 22.20 p.m.”.  El joven que responde al nombre de Sergio Moreno asegura que vio a la muchacha y pasó algo semejante al enamoramiento a primera vista. Al no poder acercarse a ella, poco tiempo después emprendió su búsqueda, escribió la carta y la dejó pegada en varios postes de la ciudad.

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No pasó mucho para que una supuesta “Chica del Tranvía” respondiera a la carta, asegurando que la acción de Moreno le parece todo menos romántico, e incluso señaló que cuando se encontraron en el tranvía se sintió acosada. Sin embargo, después se dio a conocer de que quien escribió la segunda carta en realidad fue una mujer que se puso en los zapatos de la misteriosa jovencita que Sergio Moreno todavía busca.

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De este modo se crearon dos bandos, y es que unos aseguran que la aparición de la primera carta es señal de que quien la escribió es un “stalker”, mientras hay otros que están convencidos de que la carta es sólo una muestra de “amor a primera vista”.

¿Ustedes qué opinan? ¿Es acoso o no?

Después de leer la noticia, este Jamlet Inculto determinó que el mundo cada vez es más incomprensible… Y decidió no tomar parte en el asunto hasta leer sus opiniones. Mientras espera a que lleguen agarró de su librero un libro donde las cartas son el tema: Océano Mar, de Alessandro Baricco, fue a la parte donde se presenta al personaje de Bartleboom y leyó:

«De noche. Posada Almayer. Habitación del primer piso, al fondo del pasillo. Escritorio, lámpara de petróleo, silencio. Una bata gris con Bartleboom dentro. Dos zapatillas grises con sus pies dentro. Hoja blanca sobre el escritorio, pluma y tintero. Bartleboom escribe. Escribe.

Mi adorada:

Ya he llegado al mar. Os ahorro las fatigas y miserias del viaje: lo que cuenta es que ahora estoy aquí. La posada es acogedora: sencilla pero acogedora. Está en la cima de una pequeña colina, justo delante de la playa. Por la noche se levanta la marea y el agua llega casi hasta debajo de mi ventana. Es como estar en un barco. Os gustaría.

Yo jamás he estado en un barco.

Mañana empezaré mis estudios. El sitio me parece ideal. No se me oculta la dificultad de la empresa, pero vos sabéis –vos únicamente en el mundo- lo decidido que estoy a llevar a cabo la obra que tuve la ambición de concebir y emprender en un feliz día de hace doce años. Me serviría de consuelo imaginaros con salud y con alegría de espíritu.

En efecto, nunca lo había pensado antes, pero la verdad es que jamás he estado en un barco.

En la soledad de este lugar apartado del mundo, me acompaña la certeza de que no queréis, en la lejanía, abandonar el recuerdo de quien os ama y siempre será vuestro

Ismael A. Ismael Bartleboom

 

Deja la pluma, dobla la hoja, la mete en un sobre. Se levanta, coge de su baúl una caja de caoba, levanta la tapa, deja caer la carta en su interior, abierta y sin señas. En la caja hay centenares de sobres iguales. Abiertos, y sin señas.

Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte, por el mundo, encontrará algún día a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se obstine en hacerle esperar con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido a pensar en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya treinta años, toma una pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres, pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso dejar en su regazo una caja de caoba repleta de cartas, y decirle

– Te esperaba

Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una y retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años –los días, los instantes- que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre

– Tú estás loco.

Y lo amará para siempre»

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