Liebre Lunar

Carta de Gilberto Owen a Clementina Otero

Este día la Liebre Lunar no ha podido sobreponerse de la desilusión, de la tristeza que causan algunos amores no correspondidos, como el de Gilberto Owen y Clementina Otero.

La liebrecilla leyó hace rato una carta que el poeta envió a la actriz, y recordó la desdicha de amar intensamente y no ser amado.

Clementina:

¿Por qué lo hace usted? ¿Cree deveras que haya necesidad de herir continuamente a las personas que nos aman? Me parece usted dura. Siempre me lo ha parecido. Y la arista que más me rasga, el ángulo suyo que se me clava más adentro, es sospechar que otras gentes la crean a usted blanda y suave. Puede haber personas más fuertes que usted por no amarla, Xavier por ejemplo, a las que su dureza no pueda vulnerar. Pero será deveras fuego para ablandar el amor, como repiten los tontos, y yo estoy sin cáscara y sin nada mas que mi sangre para que hunda usted la mano o la sonrisa. Me parece usted dura, y no la odio y me odio por ello. Sus heridas me duelen en mi carne, y, en mi torpeza de no haber sabido evitarlas, mucho más. Sus heridas me las siento dadas por mí a mí y me desesperan como un vicio infame que no hubiera tenido la voluntad de matarme.  Me parece usted falsa. Traicionando cada instante la imagen, la teoría que el instante anterior había yo construido de usted, obligándome a pensarla de nuevo enteramente, desde el primer principio, para borrarme la frase antes aún de haber acabo de escribirla en mi pizarra de sueño. Y  entonces no la odio por inconstante, y me odio por mi poca agilidad en seguirla, distinta en cada pulsación, y en adivinarla, y conocerla al fin. Me acuerdo que en Montaigne el conocimiento era imposible al hombre, y tratar de tomarlo era coger puñados de agua. Tratar de saberla a usted me es coger, o menos aún, puñados de aire. Ahora estoy muy amargo entre mis cosas, que no la conocen sino de verla en mis ojos, azul en el derecho y negra en el otro. Y solo de parpadear ya la verán en ellos distinta, infinitamente. Ahora voy a cerrar los ojos para imaginarla, y tiene usted otro rostro de ese cuadro, o es usted enteramente como ese libro, o me parece otra vez la sombra mía en el muro. Y yo enloquecería, no  de que usted no me ame, sino de no amarla a usted, precisamente, porque no sé cual es usted y tengo miedo de amarme a mi en mi teoría de usted, a cada momento mas falsa. Es usted obscura. O no, sino obscurecedora.

Y yo, que estaba diciéndole hace un momento a Dios, agradecido, que no merecía la fortuna de amarla como la amo, me hallo de pronto sin nada, sin saber lo que amo, sin saber si amo, con las manos vacía de haber querido apretar puñados de aire. Y yo me odio profundamente.

Gilberto

Junio 11

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