Cuatro poemas para entender al gran poeta ruso Aleksandr Pushkin

El poeta, novelista y dramaturgo ruso Aleksandr Pushkin nació y se formó en el seno de una familia aristocrática rusa, lo que le permitió ser un lector voraz sobre todo de literatura francesa.

Tuvo como sus mentores imaginarios a Voltaire, Moliere, entre otros escritores galos, así como a los ingleses Lord Byron y William Shakespeare. Se dice que devoró la biblioteca de su papá, que tenía más de 3,000 libros.

Después de concluir sus estudios y de empezar a escribir sus primeros poemas, Pushkin se ganó el respeto de los viejos poetas que controlaban el mundo literario en Rusia.

Odessa, Crimea, San Petersburgo fueron fuente de su inspiración. Y su personalidad rebelde también tuvo que ver mucho con el paso de sus días y la conformación de una obra llena de contrastes, de exilios y de fiestas y deudas que a su muerte, el Zar en turno se encargó de cubrir.

Pushkin es, sin duda alguna un referente de las letras rusas, inspirador de muchos de los que le sucedieron: Tolstoi, Dostoievski, etc. Por esa razón, Jamlet les comparte cuatro de sus poemas favoritos. ¡A disfrutar!

 

Ya vagué por las calles bulliciosas…

Ya vagué por las calles bulliciosas,

ya penetre en el templo populoso,

ya me rodeen alocados jóvenes,

en mis ensueños sigo estando absorto.

 

Me digo: pasarán raudos los años

y por muchos que aquí nos encontremos,

todos iremos a la eterna fosa

y para alguno ya llegó su tiempo.

 

Cuando contemplo el roble solitario,

este patriarca de los bosques -pienso-

sobrevivió al cruel siglo de mis padres

y sobrevivirá a este siglo nuestro.

 

Cuando acaricio a una tierna criatura

pienso que es hora ya de despedirme:

te cedo el puesto, florecer te toca,

y para mí ya es hora de pudrirme.

 

Cada día que pasa, cada hora,

me he acostumbrado a ejercitar la mente,

e intento adivinar cuál de entre ellos

será el aniversario de mi muerte.

 

Y ¿dónde me enviará la muerte el Hado?

¿En la guerra, en la mar, como viajero?

¿O si acaso será, el valle vecino

el que reciba mis helados restos?

Y aunque para mi cuerpo inanimado

dónde se descomponga igual le sea,

yo, más cercano a mi solar querido,

de ser posible, reposar quisiera.

 

Y que a la entrada misma de mi tumba

una juvenil vida jugar pueda,

y que Naturaleza indiferente

con su eterna hermosura resplandezca.

 

***

 

Fue en su patria, bajo aquel cielo azul…

Fue en su patria, bajo aquel cielo azul

ella, la marchita rosa…

Al fin murió, un hálito eras tú,

sombra adolescente que nadie toca;

pero una línea hay entre nosotros, es un abismo.

Intenté, en vano, avivar mi sentimiento:

la muerte dijeron los labios con oscuro cinismo,

y, yo la atendí indiferente.

A quién amé entonces con alma fervorosa,

a quién le di mi amor en vilo,

con tanta infinita, amante tristeza,

con callado martirio, con delirio.

¿Qué fue del amor y la pena? Ay en el alma mía

para la ingenua, la pobre sombra,

para el feliz recuerdo de los perdidos días,

no tengo lágrimas, ni música que la nombra.

 

***

 

Yo la amé…

Yo la amé,

y ese amor tal vez,

está en mi alma todavía, quema mi pecho.

Pero confundirla más, no quiero.

Que no le traiga pena este amor mío.

Yola amé. Sin esperanza, con locura.

Sin voz, por los celos consumido;

la amé, sin engaño, con ternura,

tanto, que ojalá lo quiera Dios,

y que otro, amor le tenga como el mío.

 

***

 

A…

                                                           (Kern)*

Recuerdo aquel instante prodigioso

en el que apareciste frente a mí,

lo mismo que una efímera visión

igual que un genio de belleza pura.

 

En mi languidecer sin esperanza,

en las zozobras del ruidoso afán,

tu tierna voz se oyó en mi largo tiempo

y soñaba con tus divinos rasgos.

 

Transcurrieron los años. La agitada

tormenta dispersó los viejos sueños

y al olvido entregué tu tierna voz

así como tus rasgos celestiales.

 

En cautiverio oscuro y tenebroso

mis días en silencio se arrastraban,

sin la deidad y sin la inspiración,

sin lágrimas, sin vida, sin amor.

 

Mas ahora que el despertar llegó a mi alma,

y de nuevo apareces ante mí,

lo mismo que una efímera visión

igual que un genio de belleza pura.

Y el corazón me late arrebatado

porque en él nuevamente resucitan

La inspiración y la divinidad

y la vida, y el llanto y el amor.

*Anna Pyetróvna Kem (1800-1879)

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