Literatura

Seis poemas de W. B. Yeats, ícono de la literatura irlandesa

El poeta irlandés, William Butler Yeats -ganador del Premio Nobel de Literatura en 1923-, fue todo un patriota, que al recibir ese galardón se dijo orgulloso de la independencia de Irlanda y aseguró que su premio se debía más a un triunfo de la libertad que a sus méritos como escritor.

Místico, como lo definieron algunos, detestaba ciertas partes del conocimiento científico así como el religioso, lo que quedó plasmado en sus poemas y obras teatrales.

A continuación, les compartimos seis poemas del más grande ícono de la literatura en Irlanda.

 

Entrega a su amada unos versos

 

Sujeta tu pelo con horquilla de oro,

y recoge esas trenzas vagabundas.

Pedí a mi corazón que hiciera estos pobres versos:

en ellos trabajó día tras día

una triste hermosura edificando

con restos de batallas de otros tiempos.

 

Con sólo levantar la perla de tu mano,

ceñir tu largo pelo y suspirar,

corazones de hombres laten y arden;

y la espuma cual cirio sobre la arena opaca

y estrellas remontando el cielo con rocío,

sólo viven para iluminar tus pies que pasan.

 

***

 

 

Versos escritos en el abatimiento

 

Cuando vi por última vez

los redondos ojos verdes y los largos cuerpos sinuosos

de los negros leopardos de la luna,

las brujas hurañas, señoras nobilísimas,

con todo y sus escobas y sus lágrimas,

sus coléricas lágrimas, se fueron.

Se perdieron los sacros centauros de los montes;

sólo me queda el amargado sol.

La heroica madre luna se perdió en el destierro;

tengo cincuenta años, y ahora

he de sufrir la timidez del sol.

 

***

 

Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos…

 

«Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos,

se inclinan hoy con pesar bajo tus párpados oscilantes

porque nuestro amor declina».

Y responde ella:

«Aunque nuestro amor se desvanezca,

permanezcamos junto al borde solitario de este lago,

juntos en este momento especial

en el que la pasión, pobre criatura cansada, cae dormida.

¡Qué lejanas parecen las estrellas,

y qué lejano nuestro primer beso,

y qué viejo parece mi corazón!».

Pensativos caminan por entre marchitas hojas,

mientras él, lentamente, sosteniendo la mano de ella, replica:

«La Pasión ha consumido con frecuencia

nuestros errantes corazones».

Los bosques les rodeaban, y las hojas ya amarillas

caían en la penumbra como desvaídos meteoros,

entonces un animalillo viejo y cojo renqueó camino abajo.

Sobre él, cae el otoño;  y ahora ambos se detienen

a la orilla del solitario lago una vez más.

Volviéndose, vio que ella había arrojado unas hojas muertas,

húmedas como sus ojos y en silencio recogidas

sobre su pecho y su pelo.

«No te lamentes», dijo él, «que estamos cansados

Porque otros amores nos esperan,

odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,

ante nosotros yace la eternidad,

nuestras almas son amor y un continuo adiós».

 

***

 

 

Si tan sólo yacieras muerta y fría…

 

Si tan sólo yacieras muerta y fría

Y las luces del oeste se apagaran,

Vendrías aquí e inclinarías tu cabeza,

Y yo reposaría la frente sobre tu pecho

Y tú susurrarías palabras de ternura

Perdonándome, pues ya estás muerta:

 

No te alzarías ni partirías presurosa,

Aunque tengas voluntad de pájaro errante,

Mas tú sabes que tu pelo está prisionero

En torno al sol, la luna y las estrellas;

Quisiera, amada, que yacieras

En la tierra, bajo hojas de bardana,

Mientras las estrellas, una a una, se apagan.

 

***

 

 

Recuerda la olvidada belleza

 

Al ceñirte en mis brazos,

estrecho contra mi corazón esa belleza

que del mundo hace mucho se marchara:

coronas engastadas que reyes arrojaron

en charcas fantasmales, huyendo los ejércitos;

cuentos de amor tejidos con hebras de seda

por soñadoras damas en telas que nutrieron la polilla asesina:

rosas de tiempos idos

que las damas tejieron en sus pelos;

lirios fríos de rocío que las damas portaron

por tanto corredor sagrado,

adonde tales nubes de incienso se elevaban

que sólo Dios estaba con los ojos abiertos:

ya que el pálido pecho, la mano demorada,

nos llegan de otras tierras más pesadas de sueño,

y también de otra hora más pesada de sueño.

Y cuando tú suspiras entre besos

escucho la blanca Belleza también suspirando

por aquella hora cuando todo

deberá consumirse cual rocío.

Mas llama sobre llama y hondura sobre hondura,

y trono sobre trono y medio en sueños,

posadas sus espadas en sus férreas rodillas,

tristemente cavilan sobre grandes misterios solitarios.

 

***

 

Oh, no ames demasiado tiempo

 

Amada, no ames demasiado tiempo:

yo amé mucho, mucho tiempo

y me pasé de moda,

como una vieja canción.

 

Durante nuestra nuestra juventud toda

ninguno podría haber distinguido

sus propios pensamientos de los del otro,

de tal modo éramos uno.

 

Mas, ay, en un minuto ella cambió

-oh no ames demasiado tiempo

o pasarás de moda

como una vieja canción-.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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