Seis poemas de Ramón López Velarde que saben a desamor

El zacatecano Ramón López Velarde es uno de nuestros máximos escritores, quien en un tiempo fue considerado como el poeta de la nación y el poeta de la revolución.

Admirador de Amado Nervo, López Velarde se convirtió en un defensor del modernismo, y la figura de un amor juvenil –a quien bautizó en su poesía como Fuensanta— lo persiguió durante toda su vida.

El autor de “Suave Patria” –su poema más famoso–, ha sido estudiado por una infinidad de  académicos y escritores, siendo Octavio Paz y Guillermo Sheridan, dos de los académicos mexicanos más precisos y acuciosos con la obra del zacatecano.

Jamlet se pone patriota y un poco antirromántico cada vez que vuelve a recordar lo que López Velarde escribía sobre Fuensanta, por eso es que quiso compartirles los siguientes poemas para que lo acompañen en su congoja.

 

A un imposible

 

Me arrancaré, mujer, el imposible

amor de melancólica plegaria

y aunque se quede el alma solitaria

huirá la fe de mi pasión risible.

Iré muy lejos de tu vista grata

y morirás sin mi cariño tierno,

como en las noches del helado invierno

se extingue la llorosa serenata.

Entonces, al caer desfallecido

con el fardo de todos mis pesares,

guardaré los marchitos azahares

entre los pliegues del nupcial vestido.

 

***

 

El adiós

 

Fuensanta, dulce amiga,

Blanca y leve mujer,

Dueña ideal de mi primer suspiro

Y mis copiosas lágrimas de ayer;

Enlutada que un día de entusiasmo

Soñé condecorar,

Prendiendo, en la alborada de las nupcias,

En el negro mobiliario de tu pecho

Una fecunda rama de azahar.

Dime ¿es verdad que ha muerto mi quimera,

El idólatra de tu palidez

No volverá a soñar con el milagro

De la diáfana rosa de tu tez?

(Así interrogo en la profunda noche

mientras las nubes van

cual pesadillas lóbregas, y gimen,

a distancia, unos huérfanos sin pan.)

De las cercanas torres

bajo el fúnebre son

de un toque de difuntos, y Fuensanta

clama en un gesto de desolación:

 

“¿No escuchas las esquilas agoreras?

¡Tocan a muerto por nuestra ilusión!

Me duele ser el cruel

y quitar de tus labios

la última gota de la vieja miel.

“Mas el cadáver del amor con alas

con que en horas de infancia me quitaste,

yo lo he de estrechar

contra mi pecho fiel, y en una urna

presidirá los lutos de mi hogar.”

Hemos callado porque nuestras almas

Están bien enclavadas en su cruz.

 

Me despido… Ella guía,

Llevando, en un trasunto de Evangelio,

En las frágiles manos una luz.

Pero apenas llegados al umbral,

Suspiro de alma en pena

O soplo del Espíritu del mal,

Un golpe de aire marea la bujía…

Aúlla un perro en la calma sepulcral…

Fue así como Fuensanta y el idólatra

Nos dijimos adiós en las tinieblas

De la noche fatal.

 

***

 

Día trece

 

Mi corazón retrógrado

ama desde hoy la temerosa fecha

en que surgiste con aquel vestido

de luto y aquel rostro de ebriedad.

Día trece en que el filo de tu rostro

llevaba la embriaguez como un relámpago

y en que tus lúgubres arreos daban

una luz que cegaba al sol de agosto,

así como se nubla el sol ficticio

en las decoraciones

de los calvarios de los Viernes Santos.

Por enlutada y ebria simulaste,

en la superstición de aquel domingo,

una fúlgida cuenta de abalorio

humedecida en un licor letárgico.

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas

para que así pudiesen

narcotizarlo todo?

Tu tiniebla

guiaba mis latidos, cual guiaba

la columna de fuego al israelita.

Adivinaba mi acucioso espíritu

tus blancas y fulmíneas paradojas:

el centelleo de tus zapatillas,

la llamarada de tu falda lúgubre,

el látigo incisivo de tus cejas

y el negro luminar de tus cabellos.

Desde la fecha de superstición

en que colmaste el vaso de mi júbilo,

mi corazón obscurantista clama

a la buena bondad del mal agüero;

que si mi sal se riega, irán sus granos

trazando en el mantel tus iniciales;

y si estalla mi espejo en un gemido,

fenecerá diminutivamente

como la desinencia de tu nombre.

Superstición, consérvame el radioso

vértigo del minuto perdurable

en que su traje negro devoraba

la luz desprevenida del cenit,

y en que su falda lúgubre era un bólido

por un cielo de hollín sobrecogido…

 

 

***

 

Elogio a Fuensanta

 

Tú no eres en mi huerto la pagana

rosa de los ardores juveniles;

te quise como a una dulce hermana

 

y gozoso dejé mis quince abriles

cual un moño de flores de pureza

entre tus manos blancas y gentiles.

 

Humilde te ha rezado mi tristeza

como en los pobres templos parroquiales

el campesino ante la Virgen reza.

 

Antífona es tu voz, y en los corales

de tu mística boca he descubierto

el sabor de los besos maternales.

 

Tus ojos tristes, de mirar incierto,

recuérdanme dos lámparas prendidas

en la penumbra de un altar desierto.

 

Las palmas de tus manos son ungidas

por mí, que provocando tus asombros

las beso en las ingratas despedidas.

 

Soy débil, y al marchar por entre escombros

me dirige la fuerza de tu planta

y reclino las sienes en tus hombros.

 

Nardo es tu cuerpo y su virtud es tanta

que en tus brazos beatíficos me duermo

como sobre los senos de una Santa.

 

¡Quién me otorgara en mi retiro yermo

tener, Fuensanta, la condescendencia

de tus bondades a mi amor enfermo

como plenaria y última indulgencia!

 

 

***

 

 

Hoy como nunca, me enamoras y me entristeces…

 

Hoy como nunca, me enamoras y me entristeces;

si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave

nuestras dos lobregueces.

Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;

pero ya tu garganta solo es una sufrida

blancura, que se asfixia bajo toses y toses,

y toda tú una epístola de rasgos moribundos

colmada de dramáticos adioses.

Hoy, como nunca, es venerable tu esencia

y quebradizo el vaso de tu cuerpo,

y sólo puedes darme la exquisita dolencia

de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca

el minuto de hielo en que los pies que amamos

han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:

huyes por el río sordo, y en mi alma destilas

el clima de esas tardes de ventisca y de polvo

en las que doblan solas las esquilas.

Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño

de ánimas de iglesia siempre menesterosa;

es un paño de ánimas goteado de cera,

hollado y roto por la grey astrosa.

No soy más que una nave de parroquia en penuria,

nave en que se celebran eternos funerales,

porque una lluvia terca no permite

sacar el ataúd a las calles rurales.

Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor

cavernoso y creciente de un salmista;

mi conciencia, mojada por el hisopo, es un

ciprés que en una huerta conventual se contrista.

Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo

del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto

mi corazón la noche cuadragésima;

no guardan mis pupilas ni un matiz remoto

de la lumbre solar que tostó mis espigas;

mi vida es solo una prolongación de exequias

bajo las cataratas enemigas.

 

 

***

 

 

Me estás vedada tú

 

Imaginas acaso la amargura

que hay en no convivir

los episodios de tu vida pura?

Me está vedado conseguir que el viento

y la llovizna sean comedidos

con tu pelo castaño.

Me está vedado oír en los latidos

de tu paciente corazón (sagrario

de dolor y clemencia)

la fórmula escondida

de mi propia existencia.

Me está vedado, cuando te fatigas

y se fatiga hasta tu mismo traje,

tomarte en brazos, como quien levanta

a su propia ilusión incorruptible

hecha fantasma que renuncia al viaje.

Despertarás una mañana gris

y verás, en la luna de tu armario,

desdibujarse un puño

esquelético, y ante el funerario

aviso, gritarás las cinco letras

de mi nombre, con voz pávida y floja.

¡Y yo me hallaré ausente

de tu final congoja!

¿Imaginas acaso

mi amargura impotente?

Me estás vedada tú… Soy un fracaso

de confesor y médico que siente

perder a la mejor de sus enfermas

y a su más efusiva penitente.

 

 

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