Ella es un monstruo – Caronte: Crónicas al inframundo

Por Jim (@DirectorJim)

¡Saludos, viajeros a lo desconocido! Anduve una semana perdido en Egipto y Londres, en una expedición que, lamentablemente, no fue más que una bonita pérdida de tiempo, razón por la que no hubo algo aterrador qué contar… De hecho, poco había en el horizonte del horror, por lo que decidí expandir mi panorama y darle la oportunidad a una chica de peculiar personalidad…

Será que es un vistazo muy breve nuestro primer acercamiento al monstruo en cuestión, pero su desastre no se compara al desastre que es la vida de Gloria (Anne Hathaway): desempleada, alcohólica, fiestera, y en breve, soltera. En tan deplorable estado, tan sólo le queda volver a casa de sus padres para poner en orden su vida…

O al menos, ése es el plan, ya que después de reencontrarse con Oscar (Jason Suidekis), un amigo de la infancia y dueño del bar local, se reúne con un par de clientes para beber sin preocuparse por nada… Contexto que apenas aporta algo, y que tan sólo alenta las cosas hasta la reaparición de la criatura y la destrucción que causa a su paso en Seúl.

Si perdonamos la manera tan aleatoria en que Gloria descubre su conexión con la criatura, podemos disfrutar de divertidas secuencias en las que ella explora esta relación. Además, tal conciencia detona un cambio en su personaje (aunque para éste momento se agradece ver a la actriz en un papel tan relajado), lo cual tan sólo es interrumpido por la aparición de una nueva amenaza.

Ésta es sólo la primera de varias revelaciones, que van destapando no sólo viejos conflictos, sino que descubre la verdadera personalidad de los miembros de este nuevo grupo, ocasionando rencillas entre sus miembros. Toda esta sección es quizá la más arriesgada, pues da un giro total a lo que conocíamos de los personajes en cuestión de segundos, lo cual raya en lo inverosímil.

Increíblemente, la cinta tiene una explicación para el origen del fenómeno, pero es tan jalada (incluso considerando lo ya visto) que le resta cierto encanto al misterio preexistente y hace pensar que mejor hubiera sido evitarla. Eso sí, de alguna manera da sentido a detalles que parecían menores y deja en claro el conflicto central (por no decir que peca de obvio).

Rumbo a los últimos enfrentamientos, la trama ya se ha olvidado de todos sus personajes secundarios (que nunca aportaron gran cosa) y convierte ese espectáculo de criaturas gigantes en un conflicto sobre las aspiraciones personales, inseguridades y rencores, algo que se balancea entre lo brillante y lo cursi, pero que no por ello evita una conclusión satisfactoria.

¿El veredicto del barquero? Delirios de grandeza. No se puede negar que la originalidad de su anécdota es su punto más fuerte (y el que desquita el boleto), pero requiere de toda la fe del espectador para funcionar. Sin embargo, será la apreciación que éste tenga sobre el irregular manejo de personajes (responsable de los mejores y los peores momentos de la trama) el que determinará que uno se vaya de la sala abucheando o aplaudiendo.

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