Los días del no-orgullo

Por Sergio Romero

Todos tenemos maneras para curarnos la tristeza cuando ésta llega a nuestros días sin avisar ni tocar la puerta. Sergio se cura viendo videos de animales bebés o escenas épicas de telenovelas (que la maldita lisiada, que la maldita peluquera o cuando se descubre que Catalina Creel nunca perdió el ojo en Cuna de Lobos *se muerde la mano*). Pero este fin de semana ni los mapaches bebés podían sacarle sonrisas a Sergio cuando leía la cantidad impresionante de comentarios en Facebook, periódicos, videos de Youtube, etc., todos siguiendo una línea clara: confrontación-crítica-susto-mensajesdeodio por la marcha del orgullo LGBTTTI.

Normalmente, Sergio ocupa este espacio para contarle a Jamlet y a todos ustedes sobre historias científicas que tengan relevancia social o para platicarles del último chisme del ámbito científico (del área físico-químico-biológica, para ser exactos), y en esta ocasión no es la excepción, el tema (y la fecha) amerita que se plasmen algunas inquietudes sobre lo referente al LGBTTTI. No es que se pretenda hacer un decálogo de comportamientos adecuados tipo Gaby Vargas o Martha Debayle (a Sergio se le enchinó la piel mientras lo escribía), sólo desea hacer algunas observaciones, por necesidad de escribirlo más que por la relevancia o autoridad que tenga en el tema, con el fin de dejar plasmadas letras que sean parte de un mensaje que miles y miles de personas han lanzado, lanzan y seguirán lanzando sobre este asunto.

Habitualmente tendemos a preocuparnos por enfermedades que nos matan, como la diabetes, el cáncer, las infecciones virales, los infartos cerebrovasculares y otros cientos de patologías más; pero a veces olvidamos (o simplemente nos hacemos que la virgen nos habla) que existen otros males que nos siguen dañando día tras día, entre ellos, las bi-lesbo-homo-trans-inter-queer fobias. Estas fobias se tratan de un comportamiento social a partir del cual se establece una condena para quienes se supone distintos; es un fenómeno que clasifica a la gente en dos costales claros, los “normales” heterosexuales y los “anormales” en donde se integra al resto.

La homosexualidad se consideró un desorden de salud mental hasta 1973, cuando la Asociación Estadounidense de Psiquiatría la removió definitivamente del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales; desde entonces, la ciencia ha hecho énfasis en distintos estudios sobre tomar la iniciativa en la eliminación del estigma de los individuos que tienen una orientación distinta a la heterosexual. A pesar de esto, actualmente la homofobia (pido disculpas por ocupar este término genéricamente para referirme al resto de las fobias referentes al género y preferencias sexuales) sigue extendida en la sociedad mexicana y, según diversos índices, México es el segundo país del mundo con mayor tasa de crímenes de odio o, incluso, increíblemente la última Encuesta Nacional sobre Discriminación en México reveló que 4 de cada 10 mexicanos no permitiría que en su casa vivieran personas homosexuales.

¿Pero qué ha dicho la ciencia al respecto? Poco queda el argumentar que no hay estudios científicos que demuestren que la heterosexualidad sea algo “natural” o que al contrario, la homo-bi-inter-trans-sexualidad sea algo “antinatura”. Lo que sí es prudente afirmar es que diversos estudios y teorías desde la ciencia social señalan que la homofobia podría tratarse de un prejuicio de auto-reflejo motivado por una niñez bajo estructuras paternas autoritarias, de una privación de explorar internamente valores e identidades que se perciben como inaceptables, o de la apropiación de factores de inducción cultural a este comportamiento, entre ellos: la religión, el machismo, la hipermasculinidad y la misoginia.

Mucho del discurso discriminatorio defiende que la comunidad LGBTTTI debería de atrincherarse en espacios destinados para el desempeño de sus preferencias: teatros, bares, auditorios, sex-shops, etc.; sin embargo, este discurso olvida que la llegada de la modernidad en el siglo XVII-XVIII, y la incursión de un nuevo orden social, abogaba por la determinación total cuatro elementos: el predominio de la razón, la dicotomía de lo público-privado, la autonomía del individuo-sujeto y la especialización de las instituciones (que en sí mismos pueden ser cuestionables). Es por esto mismo, que la modernidad tuvo una consecuencia directa en el escenario LGBTTTI, cuando este grupo creó distintas posibilidades de expresión así como espacios para ser enunciados en ellos, trayendo a lo público un componente que se consideraba propio de lo privado, colándose el tema “gay” en la opinión pública. Y es justo aquí cuando la apropiación del espacio público se considera una violación ante el pensamiento tradicional mexicano y que se traduce en las comunes frases que se escuchan día a día: “yo respeto, pero que lo hagan en sus casas”, “¿por qué debo de ver yo esas aberraciones en vía pública”, “pinche vestida, seguro nadie la quiere”, “jotos tenían que ser”, “yo no discrimino, si hasta tengo amigos gays”, además de finas frases que se mencionan ahora que recién pasó la marcha del orgullo: “ya no es una marcha por derechos, es un vil carnaval”, “por eso dios los castiga mandándoles SIDA”… Noticia, gente: todas las expresiones anteriores están cargadas de un poderoso chantaje descalificatorio en donde se somete lo diferente a la clandestinidad, se fomenta el miedo, se acallan las voces y se legitima la violencia.

Es paradójico que en la Ciudad de México, la que se autoproclama “gay friendly”, sea el lugar donde existe el mayor número de crímenes ante la comunidad LGBTTTI (sí, puede estar sesgado por el número de habitantes en la ciudad, pero eso no cambia lo horrible del problema). Y no es que no se hayan emprendido políticas públicas al respecto o que haya un pequeño cambio social y legal; pero tristemente la CDMX no es todo México, no olvidemos la cachetada con guante blanco que los Congresos Estatales le han dado a la población al bloquear las propuestas de ley para permitir el matrimonio igualitario (uno de los muchos derechos por los que se lucha). Además, este falso progreso en la lucha se ha matizado cínica e hipócritamente por políticas y acciones capitalistas donde la máscara es la bandera arcoíris puesta en la botella de una bebida alcohólica, en la entrada de un banco, arriba de la puerta del burócrata, etc., espacios donde ahí mismo se genera una violencia simbólica día tras día, tras negarle un trámite al “marica”, al no surtir medicamentos en las clínicas especializadas, al correr al obrero por salir “desviado”, al censurar al profesor que se viste de mujer, o no se diga ya del autobús por la “libertad” (entrecomillo libertad porque es una grosería que se use esa palabra cuando el Consejo Mexicano de la Familia carece de toda conciencia histórica de su uso), mismo que ha recorrido las calles de varias ciudades promoviendo un discurso de odio e intolerancia.

Un texto sobre la LGBTTTI-fobia podría traer hojas completas de análisis y discusión, pero el conocimiento y las capacidades del autor sobre el tema son limitadas y deja la batuta a los estudiosos del mismo. Pero lo que sí puede decir Sergio es que el amor es inclasificable, a veces inasible, tanto que se vale de imágenes para nunca dejarse tocar por las palabras. En este punto cabe señalar a manera de deconstrucción, que el amor redime la diferencia, pero también hace de la palabra lucha. Recordemos que no sólo los LGBTTTI pelean por espacios, sino todas las identidades que se han creado a partir de la visión única del mundo. Hoy celebramos el Día del orgullo, pero los 364 días restantes, con nuestras palabras y actos, celebramos el día del no-orgullo, porque no hay nada que nos pueda hacer sentirnos orgullosos al construir y mantener una sociedad que piensa de esa forma ante el otro y sus diferencias. La justicia por la que se lucha no radica sólo en la apropiación de espacios, sino en el diálogo que se hace desde la autonomía de éstos, cuando la emancipación no es un derecho, sino una necesidad conjunta de todos los negados por la historia y la clasificación desde lo homogéneo, desde la identidad tradicional. Así que, gracias a todos los que defienden los derechos diferenciados en función del grupo, a los que argumentan a favor de las políticas del reconocimiento, a los que suscriben una perspectiva multicultural en materia de derechos humanos, a los que marchan, gritan, escriben, leen, sueñan, educan, estudian, debaten y crean; a ustedes, los sin rostro y sin capa: gracias.

No me queda más que decirles a ustedes, amigos lectores: ¡AMEN!; así, sin acento, con mayúsculas y en exclamación.

 

Sergio recomienda tres completos y bellos materiales sobre el tema:

  • De Beauvoir, S. El segundo Sexo. Catedra: 2005.
  • Foucault, M. Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber. Siglo XXI: 2006.
  • Muñoz Rubio, J. Homofobia: laberinto de la ignorancia. UNAM: 2012.

 

SanSebastian
El Martirio de San Sebsatián. Autor: Doménikos Theotókopoulos, El Greco
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