Tres poemas de André Chénier que te harán viajar en el tiempo

Robespierre mandó decapitar al poeta André Chénier en el periodo del Terror de la Revolución Francesa y lo hizo porque el bate lo criticó en sus artículos de prensa.

Así fue como Robespierre le arrebató a Francia y al mundo la oportunidad de que Chénier siguiera escribiendo y deleitándonos con sus versos.

Chénier ha sido revalorado con el paso del tiempo en Francia, pero fue en Inglaterra donde su figura se reconsideró como la de un poeta mayor.

A su vez, Pushkin y Rubén Darío admiraron al francés y en muchas ocasiones defendieron la obra y la voz poética de un hombre que escribió incluso minutos antes de que su vida le fuera arrebatada.

Por esa razón, Jamlet decidió hurgar en la red para encontrar la traducción de tres grandes poemas de Chénier, que representan sin duda sus grandes momentos como escritor.

 

Invocación a la poesía

¡Ninfa tierna y bermeja, oh joven Poesía!

¿Qué bosque en este día elige tu retiro?

¿Qué flores, tras la onda en que se van tus pasos,

bajo pies delicados, se inclinan suavemente?

¿Dónde te buscaremos? Mira la estación nueva:

sobre su blanco rostro, ¡qué purpúreo destello!

Cantó la golondrina; Céfiro está de vuelta:

regresa con sus bailes; amor renacer hace.

Sombra, praderas, flores son sus gratos parientes,

y Júpiter se goza contemplando a su hija,

esta tierra en que dulces versos, apresurados,

brotan, por todas partes, de tus dedos graciosos.

En el río que baja por los húmedos valles

para ti ruedan versos dulces, sonoros, líquidos.

Versos, que en masa se abren por el sol descubiertos,

son las fecundas flores de cáliz encarnado.

Y montes, en torrentes que blanquean sus cimas,

lanzan versos brillantes al fondo del abismo.

 

***
La joven cautiva

Se alza la espiga naciente

Y hoz no la toca impaciente,

Y el pámpano en la ladera

La estación disfruta entera

Que el cielo le concedió.

También soy bella, estoy joven;

No es tiempo de que me roben

La vida; y aunque mis ojos

Sólo ven ruinas y abrojos,

Aun no quiero morir yo.

 

Arrostre el estoico fuerte

Con faz enjuta la muerte:

Yo, mujer, lloro y espero;

Si vendaval sopla fiero,

Me encojo, y cubro mi sien.

Si horas hay de amargo llanto,

Otras son tan dulces, ¡tanto!

¿Qué bien no tuvo sus penas?

Ondas que duermen serenas

Guardan borrascas también.

 

Breve trecho andado queda

De esta frondosa arboleda

Del camino de mi vida;

¡Tan distante la salida

Que aun no se descubre allá!

Al festín en este instante

Sentada, el labio anhelante.

Entre la festiva tropa,

Apenas llegué á la copa

Que en mis manos llena está.

 

Hoy luce mi primavera;

Cual astro que su carrera

Consuma, y llega á su ocaso,

Quiero gozar, paso á paso.

De todo lo por venir.

Hoy es mi primer mañana;

Yo flor esbelta y lozana,

De que el jardín hace alarde,

Ver de mi vida la tarde

Quiero, y entonces morir.

 

Así se queja y suspira

Cautiva joven que mira

El amago de la muerte,

Y mientras llora su suerte,

Torna mi lira á soñar.

Cautivo, postrado, mudo,

El desaliento sacudo,

Y vierto en medido canto

Aquel candoroso llanto,

Aquel dulce lamentar.

 

***

La joven tarentina

Llorad, dulces alciones, oh pájaros sagrados,

Llorad, dulces alciones, de Thetis bien amados.

Supo Myrto de vida, la joven tarentina.

Llevábala la nave a playas camarinas.

Lentamente himeneo, canciones, la sonante

Flauta conducirla debíanla a su amante.

La llave vigilante guardó hasta ese momento

En el cofre de cedro su ajuar de casamiento,

Y el oro que habría sus brazos adornado

Y para los cabellos aromas preparados.

Pero, sola en la proa, invocando a los cielos,

El impetuoso viento que echa velas al vuelo,

La envuelve. De repente se ha quedado sola,

Y grita y cae y se hunde en el seno de las olas.

Al seno de las olas la joven tarentina.

Su bello cuerpo cubre la hondonada marina.

En hoyos pétreos Thetis no cesa de llorarla,

De monstruos voraces se apresura a ocultarla.

A sus órdenes pronto las Nereidas ornadas

La elevan por encima de húmedas moradas,

Y en ese monumento cercano a la ribera

La dejan dulcemente, del Céfiro a la vera.

Después a grandes gritos llaman a sus hermanas,

Y ninfas de los bosques, de riscos, de fontanas,

Golpeándose los senos, un gran luto llevando,

Un “¡ay!” en torno suyo repiten sollozando.

¡Ay, ay! Hasta tu amante ya no serás llevada

Y no tendrás las galas que visten las casadas.

El oro no dará a tus brazos sus destellos,

Ni pregnarán los dulces perfumes tus cabellos.

 

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