Seis poemas de Oliverio Girondo con los que desearás viajar en tren

Oliverio Girondo es, quizá, uno de los poetas latinoamericanos más queridos a nivel internacional por lo profundo y doloroso de sus versos.

Pero además del cariño que sus lectores le tienen, a Jamlet le gusta recordar que Girondo fue un viajero irremediable, que recorrió todos los continentes y que dejó plasmada su experiencia como trotamundos en los poemarios que publicó a lo largo de su vida.

Jamlet quiere recomendarles estos seis poemas del bate argentino que lo vuelven loco.

 

Campo nuestro

En lo alto de esas cumbres agobiantes

hallaremos laderas y peñascos,

donde yacen metales, momias de alga,

peces cristalizados;

pero jamás la extensa certidumbre

de que antes de humillarnos para siempre,

has preferido, campo, el ascetismo

de negarte a ti mismo.

Fuiste viva presencia o fiel memoria

desde mis más remota prehistoria.

Mucho antes de intimar con los palotes

mi amistad te abrazaba en cada poste.

Chapaleando en el cielo de tus charcos

me rocé con tus ranas y tus astros.

Junto con tu recuerdo se aproxima

el relente a distancia y pasto herido

con que impregnas las botas… la fatiga.

Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?

hasta encontrarlo dentro de uno mismo.

Siempre volvemos, campo, de tus tardes

con un lucero humeante…

entre los labios.

Una tarde, en el mar, tú me llamaste,

pero en vez de tu escueta reciedumbre

pasaba ante la borda un campo equívoco

de andares voluptuosos y evasivos.

Me llamaste, otra vez, con voz de madre

Y en tu silencio sólo halló una vaca

junto a un charco de luna arrodillada;

arrodillada, campo, ante tu nada.

Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,

te me vas, despacio, para adentro…

al trote corto, campo, al trotecito.

Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.

Entra y descansa, campo. Desensilla.

Deja de ser eterna lejanía.

Cuanto más te repito y te repito

quisiera repetirte al infinito.

Nunca permitas, campo, que se agote

nuestra sed de horizonte y de galope.

Templa mis nervios, campo ilimitado,

al recio diapasón del alambrado.

Aquí mi soledad. Esta mi mano.

Dondequiera que vayas te acompaño.

Si no hubieras andado siempre solo

¿todavía tendrías voz de toro?

Tu soledad, tu soledad… ¡la mía!

Un sorbo tras el otro, noche y día,

como si fuera, campo, mate amargo.

A veces soledad, otras silencio,

pero ante todo, campo: padre-nuestro.

 

***

 

Dicotomía incruenta

Siempre llega mi mano

más tarde que otra mano que se mezcla a la mía

y forman una mano.

 

Cuando voy a sentarme

advierto que mi cuerpo

se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse

adonde yo me siento.

 

Y en el preciso instante

de entrar en una casa,

descubro que ya estaba

antes de haber llegado.

 

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,

y que mientras me rieguen de lugares comunes,

ya me encuentre en la tumba,

vestido de esqueleto,

bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

 

***

 

Escrúpulo

Me parece que vivo

que estoy entre los ruidos

que miro las paredes,

que estas manos son mías,

pero quizás me engañe

y paredes y manos

sólo sean recuerdos

de una vida pasada.

He dicho “me parece”

yo no aseguro nada.

 

***

 

Hazaña

Todo,

todo,

en el aire,

en el agua,

en la tierra

desarraigado y ácido,

descompuesto,

perdido.

El agua hecha caballo antes que nube y lluvia.

Los toros transformados en sumisas poleas.

El engaño sin malla,

sin “tutu”,

sin pezones.

 

La impúdica mentira exhibiendo el trasero

en todas las posturas,

en todas las esquinas.

Las polillas voraces de expediente cocido,

disfrazadas de hiena,

de tapir con mochila.

Las techumbres que emigran en oscuras bandadas.

Las ventanas que escupen dentaduras de piano,

cacerolas,

espejos,

piernas carbonizadas.

 

Porque mirad

sin musgo,

mi corazón de yesca,

qué hicimos,

qué hemos hecho

con nuestras pobres manos,

con nuestros esqueletos de invierno y de verano.

 

Desatar el incendio.

Aplaudir el desastre.

Trasladar,

sobre caucho,

apetitos de pústula.

Prostituir los crepúsculos.

Adorar los bulones

y los secos cerebros de nuez reblandecida…

Como si no existiera más que el sudor y el asco;

como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre

las raíces del odio;

como si ya no fuese bastante deprimente

saber que sólo somos un pálido excremento

del amor,

de la muerte.

 

***

 

Nocturno 2

Debajo de la almohada

una mano,

mi mano,

que se agranda,

se agranda

inexorablemente,

para emerger,

de pronto,

en la más alta noche,

abandonar la cama,

traspasar las paredes,

mezclarse con las sombras,

distenderse en las calles

y recubrir los techos de las casas sonámbulas.

A través de mis párpados

yo contemplo sus dedos,

apacibles,

tranquilos,

de ciclópeas falanges;

los millares de ríos

zigzagueantes,

resecos,

que recorren la palma desierta de esa mano,

desmesurada,

enorme,

adherida al insomnio,

a mi brazo,

a mi cuerpo

diminuto,

perdido

en medio de las sábanas;

sin explicarme cómo esa mano

es mi mano,

ni saber por qué causa se empeña en disminuirme.

 

***

 

¡Todo era amor!

¡Todo era amor… amor!

No había nada más que amor.

En todas partes se encontraba amor.

No se podía hablar más que de amor.

Amor pasado por agua, a la vainilla,

amor al portador, amor a plazos.

Amor analizable, analizado.

Amor ultramarino.

Amor ecuestre.

Amor de cartón piedra, amor con leche…

lleno de prevenciones, de preventivos;

lleno de cortocircuitos, de cortapisas.

Amor con una gran M,

con una M mayúscula,

chorreado de merengue,

cubierto de flores blancas…

Amor espermatozoico, esperantista.

Amor desinfectado, amor untuoso…

Amor con sus accesorios, con sus repuestos;

con sus faltas de puntualidad, de ortografía;

con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.

Amor que incendia el corazón de los orangutanes,

de los bomberos.

Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,

que arranca los botones de los botines,

que se alimenta de encelo y de ensalada.

Amor impostergable y amor impuesto.

Amor incandescente y amor incauto.

Amor indeformable. Amor desnudo.

Amor-amor que es, simplemente, amor.

Amor y amor… ¡y nada más que amor!

 

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