Ocho poemas de Francisco de Quevedo que nos devolverán a los Siglos de Oro

La vida de Francisco de Quevedo fue muy atropellada desde su niñez. Su rengueo, quedarse huérfano de padre y la muerte de su hermano fueron situaciones que lo marcaron y que formaron al gran escritor en que años más tarde se convertiría.

La grandeza literaria del escritor español abarca la poesía pero también la prosa, la sátira, la filosofía y el teatro.

Jamlet, queriendo volver en su máquina del tiempo imaginaria a los Siglos de Oro, regresó a sus viejos libros para elegir ocho de sus poemas favoritos del Caballero de la Orden de Santiago.

 

A una adúltera

 

Sólo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido

el adulterio la vergüenza al cielo,

pues que tan claramente y tan sin velo

has los hidalgos huesos ofendido.

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,

que no sepa tu infamia todo el suelo:

cierra la puerta, vive con recelo,

que el pecado nació para escondido.

No digo yo que dejes tus amigos,

mas digo que no es bien que sean notados

de los pocos que son tus enemigos.

Mira que tus vecinos afrentados,

dicen que te deleitan los testigos

de tus pecados más que tus pecados.

 

***

 

¡Ah de la vida!” … ¿Nadie me responde?

 

¡Ah de la vida!” … ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde,

la salud y la edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto;

soy un fue, y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

 

***

 

Amante sin reposo

 

Está el ave en el aire con sosiego,

en la agua el pez, la salamandra en fuego,

y el hombre, en cuyo ser todo se encierra,

está en la sola tierra.

Yo solo, que nací para tormentos,

la boca tengo en aire suspirando,

el cuerpo en tierra está peregrinando,

los ojos tengo en agua noche y día,

y en fuego el corazón y el alma mía.

 

***

 

Calvo que no quiere encabellarse

 

Pelo fue aquí, en donde calavero;

calva no sólo limpia, sino hidalga;

háseme vuelto la cabeza nalga:

antes greguescos pide que sombrero.

 

Si, cual Calvino soy, fuera Lutero, 5

contra el fuego no hay cosa que me valga;

ni vejiga o melón que tanto salga

el mes de agosto puesta al resistero.

 

Quiérenme convertir a cabelleras

los que en Madrid se rascan pelo ajeno, 10

repelando las otras calaveras.

 

Guedeja réquiem siempre la condeno;

gasten caparazones sus molleras:

mi comezón resbale en calvatrueno.

 

***

De cierta dama que a un balcón estaba…

 

De cierta dama que a un balcón estaba

pudo la media y zapatillo estrecho

poner el lacio espárrago a provecho

de un tosco labrador que la acechaba.

 

Y ella, cuando advirtió que la miraba,

la causa preguntó del tal acecho;

el labrador la descubrió su pecho,

diciendo lo que vía y contemplaba.

 

Mas ella, con alzar el sobrecejo,

le dijo con melindre: -«Aquesto, hermano,

no es más de ver y desear la fruta».

 

El labrador, sacando el aparejo,

le respondió, tomándolo en la mano:

-«¡Pues ver y desear, señora puta!».

 

***

 

Dice que el sol templa la nieve…

Miro este monte que envejece enero,

y cana miro caducar con nieve

su cumbre, que aterido, oscuro y breve,

la mira el sol, que la pintó primero.

Veo que en muchas partes, lisonjero,

o regal sus hielos o los bebe;

que agradecido a su piedad se mueve

el músico cristal, libre y parlero.

Mas en los Alpes de tu pecho airado

no miro que tus ojos a los míos

regalen, siendo fuego, el hielo amado.

Mi propia llama multiplica fríos

y en mis cenizas mesmas ardo helado,

invidiando la dicha de estos ríos.

 

***

 

Fue sueño ayer, mañana será tierra…

 

Fue sueño ayer, mañana será tierra.

¡Poco antes nada, y poco después humo!

¡Y destino ambiciones, y presumo

apenas punto al cerco que me cierra!

 

Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa, soy peligro sumo,

y mientras con mis armas me consumo,

menos me hospeda el cuerpo que me entierra.

 

Ya no es ayer, mañana no ha llegado;

hoy pasa y es y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

 

Azadas son la hora y el momento

que a jornal de mi pena y mi cuidado

cavan en mi vivir mi monumento.

 

***

 

Preso en los laberintos del amor…

 

Tras arder siempre, nunca consumirse,

y tras siempre llorar, nunca acosarme;

tras tanto caminar, nunca cansarme,

y tras siempre vivir, jamás morirme;

después de tanto mal, no arrepentirme;

tras tanto engaño, no desengañarme;

después de tantas penas, no alegrarme,

y tras tanto dolor, nunca reírme;

en tantos laberintos, no perderme,

ni haber tras tanto olvido recordado,

¿qué fin alegre puede prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado;

ya no pienso tratar de defenderme,

sino de ser de veras desdichado.

 

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