It (Eso) – Caronte: Crónicas al inframundo

Por Jim (@DirectorJim)

¡Saludos, viajeros a lo desconocido! Dejar atrás la niñez es quizá uno de los momentos más angustiantes en la vida de las personas, pues empiezan a cuestionarse sobre sí mismas y sobre el mundo que les rodea. En este punto, el mundo es un lugar más grande y aterrador. ¿Qué pasaría si alguien (o algo) se aprovechara de ello y volviera realidad todos esos miedos?

La lluvia no podría ser más intensa en el poblado de Derry. Sin embargo, eso no reduce las ganas de Georgie de salir a jugar con el barquito que su hermano Bill le ha armado. Lamentablemente, el juguete cae por una alcantarilla, y cuando el niño trata de alcanzarlo, se encuentra con un misterioso payaso llamado Pennywise… Sí, tal vez piensas que ya has visto esta escena antes, pero estarás equivocado: el encuentro no podría concluir de un modo más perturbador.

El tiempo pasa, y todos parecen olvidarse el asunto, excepto el mismo Bill, quien sigue investigando sobre la desaparición de su hermano. Para ello, cuenta con la ayuda de sus amigos, conocidos como el Club de los Perdedores, quienes se la pasan huyendo de los bravucones del pueblo, al tiempo que lidian con sus padres y sus particulares vicios. En medio de todo esto, cada uno empezará a encontrarse con el temible payaso.

Las visiones de los chicos son variadas, pero siempre terribles: desde voces que piden ayuda, hasta seres mutilados y descompuestos, aunque los efectos visuales muchas veces no hagan justicia. Sin embargo, eso no disminuye su impacto, sobre todo porque, de alguna manera, todas están justificadas y nacen de lo que viven en sus hogares, como la sobreprotección de sus padres, sus traumas o la llegada de la pubertad.

Y a pesar de ello, y de todos los peligros o las disputas que pueda haber entre ellos, los chicos siguen luchando, siempre contando los unos con los otros. Es en la fortaleza de este lazo que radica la mayor fortaleza de la cinta, así como en las personalidades y encanto que consigue impregnar el elenco infantil en sus personajes, incluso en las escenas más tensas.

Esto es vital para salir adelante, sobre todo cuando “Eso” invade la pantalla. Bill Skarsgård es el encargado de ponerse el traje en esta ocasión, y mediante su voz, sus gestos y sus movimientos, consigue crear su propia versión del payaso, una bastante retorcida y escalofriante.

Al final, todos estos elementos resuelven perfectamente en el último encuentro, escalofriante pero muy satisfactorio. Obviamente, quedan muchos cabos sueltos y preguntas que serán resueltas hasta el segundo capítulo (¿en serio esto podría sorprenderle a alguien?). Sin embargo, quizá es muy pronto para pensar en ello: por el momento, es mejor disfrutar de la belleza de la última escena.

¿El veredicto del barquero? El regreso de la coulrofobia. Así es como todos los remakes deberían hacerse: en lugar de dedicarse a calcar la original, la nueva versión explora nuevas facetas de los personajes pero sin perder de vista la esencia de la historia. Si bien los efectos visuales llegan a quedarse cortos por momentos, tanto la interpretación de Skarsgård del temible payaso, como la de los chicos que conforman al Club de los Perdedores, consiguen una cinta tan entrañable como aterradora, perfecta para aterrorizar a una nueva generación.

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