La última carta que escribió Hughes a Plath, 30 años después de su suicidio

¿Cómo serán las últimas horas de vida de una persona que decide suicidarse? Seguro llenas de dudas, de tormentos… En su mayoría, ¿o no?

Eso se pregunta la Liebre Lunar esta tarde, y es que apenas llegó a sus manos una carta reveladora.

Se trata de la misiva que en forma de poema escribió Ted Hughes a Sylvia Plath, 30 años después de que ella se quitara la vida metiendo la cabeza en un horno de gas.

En el texto, Hughes se pregunta cómo fue la última noche que su entonces esposa pasó con vida, ¿qué preguntas se habrá hecho? ¿Cómo habrá sufrido su ausencia?… Incluso confiesa que tuvo un amorío (aunque los lectores del poeta saben que fueron varios).

Tal parece que la misiva fue escrita con la intención de exorcizar demonios, redimirse tal vez, y es que sobre el escritor pesó una carga muy grande incluso después de morir, en 1998, pues se le culpó por la muerte de Plath, y años más tarde por la de –la también poeta– Assia Wevill, quien igual usó un horno de gas para suicidarse y quitarle la vida a la hija que tenía en común con Hughes.

A continuación les dejamos la “Última Carta”, que el poeta nunca vio publicada en vida, y que más que certezas deja dudas al que la lee.

 

¿Qué ocurrió aquella noche? Aquella última noche

En que todo fue expuesto dos veces,

Tres. Te vi viva por última vez

Al caer la tarde del viernes

Quemando en el cenicero con una extraña sonrisa

Esa última carta a mí. ¿Había yo estropeado tus planes?

¿O me había sorprendido antes de lo que tenías previsto?

Una hora más tarde y ya te habrías marchado

Donde yo no pudiese encontrarte.

Yo, con tu carta en la mano,

Un rayo que no podía llegar a la tierra,

Me habría alejado de tu puerta cerrada y roja

Que ya nadie abriría.

Eso para mí

Hubiera sido un tratamiento de choque

Que se repetiría una vez y otra, todo el fin de semana,

Cuando la leyera o simplemente al pensarla.

Eso hubiera ordenado mis pensamiento y mi vida.

El tratamiento que planeabas necesitaba tiempo.

No puedo imaginarme cómo

Hubiera podido soportar ese fin de semana.

No puedo imaginarlo. ¿Lo tenías ya todo planeado?

 

Tu nota me llegó demasiado pronto. Ese mismo día,

Viernes en la tarde y la habías mandado en la mañana.

La adelantaron los demonios que siempre prevalecen.

Esa fue una más de las pajas de la mala suerte

Que contra ti quiso poner el servicio postal

Y que se añadió a tu carga. Salí rápido por entre la nieve

Ya azulada en Febrero. Anochecía en Londres.

Lloré de alivio cuando abriste la puerta.

Mil y un acertijos a solucionar. Lágrimas precoces

Que no pude interpretar, que fracasaron al comunicar

Su verdadera importancia. Pero lo que dijiste,

Sobre las cenizas aún humeantes de esa carta

Destruida con tanto cuidado, con tanta calma,

Me dejó dejarte, marcharme

Para que quitaras las cenizas de tu plan, del cenicero

En el que apoyaste para que yo leyera

El número de teléfono del doctor.

Mi huida

Se había convertido en un hechizo,

Desesperanzado e insomne, con todos sus sueños gastados,

Y yo sólo quería volver a capturarlos, sólo quería

Caer en algún sitio fuera de ese vacío.

Dos días de no hacer nada. Dos días gratis.

Dos días sin calendario y robados

De un mundo sin nombre

Más allá de lo del día, de sentimientos y de nombres.

 

El amor de mi vida lo agarró. El desmayado amor de mi vida

Con sus dos agujas locas,

Esas que tejían su rosa, esas que atravesaban y anudaban

En el tapete su tatuaje sangriento

En algún sitio y adentro de mí,

Anudando ese embrollo blasonado,

Dos agujas locas, pespuntando sus pespuntes,

Eligiendo

De mis nervios sus colores,

Rehaciéndose adentro de mi piel, rehaciéndose

La una a la otra como una caricatura.

 

Su obsesionado entrar y salir. Dos mujeres

Cada una con una aguja.

 

Esa noche

Mi Susan de De la Robbia. Me moví

Con la circunspección

De una llama en la mecha. Toda mi furia

Era un esfuerzo abandonado de volar

El viejo globo sobre el que las sombras doblaban

Mi delator rastro de ceniza. Corrí

De un lado a otro, corrí mirando atrás, una película al revés.

¿Corrí hacia dónde? Fuimos a Rugby Street

Donde tú y yo comenzamos.

¿Por qué fuimos allí? ¿De todos los lugares donde pudimos ir,

Por qué fuimos allí? La perversidad

En el arte de nuestro destino

Ajustó sus refinamientos para ti, para mí,

Para Susan. Un solitario

Que jugaba a ser el minotauro de ese laberinto

Que incluía hasta a Helena en la planta baja.

Tú te habías fijado en ella: una chica para un cuento.

Nunca la conociste. Pocos la conocieron

Si no era a través de los oídos y la máscara hambrienta

De su perro alsaciano. Tú ni siquiera la habías visto.

Tú tan solo te encogías

Cuando el demente animal se impactaba contra la puerta

Mientras atravesábamos el pasillo

Y la oíamos ahogarse en un infinito odio alemán.

 

Aquel sábado en la noche abrió su puerta

Apenas unos centímetros.

Susan se encontró con sus ojos negros, con el triste

Sobrepeso y la cara amorosa que se veía

Al otro lado de la cadena. Se cerró la puerta.

La oímos consolar al carcelero en su celda,

En su guarida, esa en la que apenas unos días después,

Lo ahogaría en gas, se ahogaría ella misma.

 

Susan y yo pasamos esa noche

En la cama de nuestra primera noche. No lo había vuelto a ver

Desde que nos tumbamos en ella la noche de bodas.

No me la llevé a mi propia cama.

Se me ocurrió que con el fin de semana

Pudieras aparecer en una visita sorpresa.

¿Apareciste para tocar en mi ventana oscura?

Por eso me quedé con Susan escondiéndome de ti

En nuestro lecho conyugal, el mismo

Del que en tres años se la llevarían a morir

Al mismo hospital en el que,

En doce horas,

Yo te encontraría muerta.

El lunes en la mañana

La llevé al trabajo, a la City

Y después estacioné el auto al norte de Euston Road

Y volví a donde mi teléfono me esperaba.

 

Lo que pasó esa noche, en tus horas,

Nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido.

La acumulación de toda tu vida,

Como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento

Que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo

Hasta el siguiente, ocurrió

Sólo como si no pudiese ocurrir,

Como si no estuviera ocurriendo. ¿Cuántas veces sonó

En mi habitación vacía el teléfono

Contigo en el tuyo oyendo el tono

Y a ambos lados una memoria que se desvanece

De un teléfono sonando

En una mente que ya estaba muerta.

Cuento las veces que fuiste hasta la cabina

Al final de Saint George.

Ahí estás siempre que miro, apenas

A la salida de Fitzroy Road, cruzando

Entre los montículos de azúcar sucio.

Con tu largo abrigo negro,

Con la coleta a tus espaldas,

Con tu andar que no se mueve ni despierta

Y nadie más anda,

Andando por las escaleras de Primrose Hill

Hacia la cabina de teléfono a la que nunca llegas.

Antes de medianoche. Después. Otra vez

Y otra y otra vez. Y, ya cerca del alba, otra.

 

¿En qué posición de las manecillas de mi reloj hiciste

Tu último intento,

Ya más allá de mí capacidad de escucharlo

Y agitaste la almohada

De esa cama vacía? ¿Una última vez

Que rozó apenas mis papeles y mis libros?

Cuando llegué el teléfono ya estaba dormido.

La almohada inocente. Dormía mi habitación

Henchida de la nevada luz matutina.

Encendí el fuego y saqué los papeles.

Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono

Se despertó como alarmado,

Como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano.

Y después, como un arma elegida cuidadosamente

O como una inyección,

Depositó con frialdad sus cuatro palabras

En lo más profundo de mi oído: “Su esposa ha muerto”.

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