La vida dentro y fuera de Cuba en Nunca fui primera dama

Por Diego Landín

Otra vez el exilio. Una vez más Cuba. Y es necesario abordar el tema a casi un año de la muerte de Fidel Castro y justo ahora que se cumplen 50 años de la muerte de Ernesto El Che Guevara.

Las huellas, las heridas y las cicatrices que ha dejado la revolución cubana siguen apareciendo e intentando ser contadas por escritores, poetas y artistas, quizá en un intento de sanar y de hacernos entender, a los que vivimos fuera de la isla, cómo ha sido la vida bajo el régimen castrista.

Eso es justo lo que el lector puede encontrar, a grandes rasgos, en Nunca fui primera dama, libro escrito por la artista cubana Wendy Guerra y editado por Alfaguara en este 2017.

A través de sus páginas, Guerra nos lleva lentamente a un viaje directo a sus profundidades, donde la historia de sus padres -viejos revolucionarios cubanos- sirve como un rompecabezas que nos obliga armar.

En Nunca fui primera dama uno encuentra el dolor de amar con todo el alma la patria ausente, y el testimonio de varias generaciones de cubanos que por una u otra razón se decepcionaron de todo aquello que hace algunas décadas unos cuantos construyeron y les vendieron como el paraíso en la Tierra.

Wendy Guerra se halla en ese océano que es su diario, pero lo hace después de haber estado extraviada luego de la vida amorosa de sus padres, y de los desvaríos que acompañaron a estos hasta el día de su muerte.

“Uno no es dueño aquí ni del dolor”, se lee en una de las páginas de esta novela a manera de reproche a todos los héroes que llevaron a Cuba al lugar donde se encuentra. Sin duda alguna, este libro de Wendy Guerra levantará ámpula a todos aquellos que defienden y admiran a la revolución cubana y al régimen de Los Castro.

Sin embargo, es posible que con las historias ahí contadas más de uno dude de los mitos que hace más de cinco décadas muchos venimos creyendo.

Ahora me permito una apreciación estrictamente personal: Nunca fui primera dama es un libro lleno de frases entrañables por dolorosos y reveladoras, que subrayas, que lees y relees y de las que no te quieres ir jamás. Y cuando eso te pasa con un libro, el autor o la autora ha ganado, porque quienes leemos nos identificamos y sabemos que la historia o historias que ahí se cuentan, pueden ser las nuestras.

A continuación les comparto algunas de esas frases para que se animen a leerlo:

«Siempre me dio miedo la cara de Lenin. Aparecía en mis pesadillas cada noche. Me encantaba sentir el escalofrío del miedo. Ahora sí que me da terror. No es lo mismo imaginarlo allí que verlo acostado para la eternidad». Página 89

«Lo que se deja de nombrar deja de existir». Página 40

«Yo crecí en el país de mis padres, cuando llegué ya estaban trazados sus límites infranqueables. Hoy no estoy segura de que todos vivamos en el mismo Territorio Libre de América por el que lucharon, ese país en sus cabezas era un maravilloso lugar. Nos Mecemos en un ideal flotante, un no-lugar, utopía encajada al centro del Caribe». Página 15

 

 

 

 

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