Seis poemas de Sylvia Plath para entender el amor más doloroso y profundo

La escritora estadounidense Sylvia Plath fue reconocida principalmente por su poesía, directa y sin tapujos, y sus lectores fanáticos se cuentan por millones en el mundo no solo por sus letras, sino también por la vida tormentosa que vivió desde muy joven.

Plath, quien demostró su talento en la poesía desde muy pequeña –se dice que a los ocho años– llegó al clímax del sufrimiento con su esposo el también poeta Ted Hughes.

El poder de los versos de Plath se demuestra línea tras línea, y con ese ímpetu y dolor que le contagian los poemas de la estadounidense a Jamlet, él decidió compartirles estos seis que los llevarán a un lugar que no se puede describir. Disfruten… y sufran a la vez.

 

Solterona

 

Esta chica de quien hablamos

en un paseo de abril ceremonioso

con su último pretendiente

súbitamente se asombró muchísimo

del charlar de los pájaros

y las hojas caídas.

 

Así, afligida, ella

vio que los ademanes de su amante

agitaban el aire y se irritó

entre el caos de flores y de helechos

acres. Juzgó los pétalos

confusos, la estación ajada.

 

¡Cómo deseó el invierno!

Austeramente, en orden minucioso

de blanco y negro

de hielo y roca, todo deslindado,

de corazón a fría disciplina

sometió, exacto cual copo de nieve.

 

Pero he aquí: un capullo

de sus cinco sentidos de gran dama

una grosera confusión deduce:

traición intolerable. Que el idiota

 

se rinda al caos de la primavera:

prefirió retirarse.

 

Y rodeó su casa

de alambradas y muros impasables

contra el tiempo rebelde

tanto que nadie lo rompiera

con maldiciones, puños, amenazas,

ni con amor tampoco.

 

***

 

Carta de amor

 

No es fácil expresar lo que has cambiado.

Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,

aunque, como una piedra, sin saberlo,

quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.

No me moviste un ápice, tampoco

me dejaste hacia el cielo alzar los ojos

en paz, sin esperanza, por supuesto,

de asir los astros o el azul con ellos.

 

No fue eso. Dormí: una serpiente

como una roca entre las rocas hiende

el intervalo del invierno blanco,

cual mis vecinos, nunca disfrutando

del millón de mejillas cinceladas

que a cada instante para fundir se alzan

las mías de basalto. Como ángeles

que lloran por la gente tonta hacen

lágrimas que se congelan. Los muertos

tenían yelmos helados. No les creo.

 

Me dormí como un dedo curvo yace.

Lo primero que vi fue puro aire

y gotas que se alzaban de un rocío

límpidas como espíritus. y miro

densas y mudas piedras en tomo a mí,

sin comprender. Reluzco y me deshojo

como mica que a sí misma se escancie,

igual que un líquido entre patas de ave,

entre tallos de planta. Mas no pienses

que me engañaste, eras transparente.

 

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.

Mi dedo, cual cristal de luz sonora.

Yo florecía como rama en marzo:

una pierna y un brazo y otro brazo.

De piedra a nube iba yo ascendiendo.

A una especie de dios ya me asemejo,

hiende el aire la veste de mi alma

cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.

 

***

 

Suceso

 

¡Cómo los elementos se endurecen!

La luz lunar, la peña como tiza,

en cuyo seno blanco ahora yacemos

 

espalda contra espalda. Oigo un búho

chillar desde su frío añil vocales

que en mi corazón entran insufribles.

 

El niño, en cuna blanca, se estremece,

suspira, abre la boca, pide algo.

Su rostro está esculpido en rojo y pena.

 

Y luego las estrellas: duras, arduas

de arrancar. Toco: duéleme y me quema.

No puedo ver tus ojos. Donde enfría

 

la noche la manzana en flor yo ando,

circular, en mi cauce hondo y amargo

de errores viejos. El amor no puede

 

venir aquí. Se muestra un negro abismo

en el opuesto labio.

Un alma blanca

 

y pequeña me llama, un blanco, mínimo

gusano. Abandonáronme mis miembros,

¿quién nos ha desmembrado? Nos tocamos

 

como tullidos. La oscuridad fúndese.

 

***

 

Viuda

 

Viuda. Palabra que se autoconsume:

cuerpo, hoja de periódico en el fuego,

por el aire un instante sostenida

sobre la geografía roja y cálida

que arrancará su corazón cual ojo.

 

Viuda. Sílaba muerta, con su sombra

de un eco, abre el resorte en el tabique

del pasado secreto: aire gastado,

recuerdos fétidos, escalinatas

mecánicas que a ningún sitio conducen…

 

Viuda. La amarga araña se sienta

en el centro de sus ejes resecos.

La muerte es su vestido, gorro, cuello.

El rostro del marido, blanco, inválido,

la cerca como a presa que con gusto

 

de nuevo mataría, verle cerca

cual rostro de papel contra su pecho,

como sus cartas conservar solía

tornándolas piel nueva, viva y cálida,

pero ahora ella es papel, y fría siempre.

 

Viuda: ¡estado vacío y grande! Llena

de aire traidor está la voz divina,

los arduos astros fáciles promete,

y el espacio inmortal entre los astros,

no cadáveres, flechas hacia el cielo.

 

Viuda, inclínanse árboles piadosos,

árboles de dolor y soledades.

Como sombras en torno al verde campo

o incluso como bocas negras ciérnense.

La viuda les semeja, es una sombra.

 

Las manos bien cogidas, nada en ellas.

Alma sin cuerpo que otra alma pide

en este aire sereno y no lo nota:

un alma frágil como el humo entra

en otra sin saber por dónde pasa.

 

Es éste su temor: es el temor

de que su alma late aún y late sorda

como el ángel mariano, cual paloma

contra un cristal a todo ciega, menos

al hueco hoyo que mira y mirar debe.

 

***

 

Temores

 

Esta pared blanca sobre la que el cielo hácese a sí mismo:

infinita, verdad, intocablemente intocable.

Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.

Mi medio son.

El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

 

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.

¿C6mo salir de la mente?

Los pasos a mi zaga concéntranse en un pozo.

Este mundo carece de árboles y de pájaros,

solo hay agrura en él.

 

La pared roja no hace más que sobresaltarse:

un puño rojo se abre y se cierra,

dos papelosas bolsas grises:

he aquí mi materia, bueno: y terror también

a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

 

Irreconocibles pájaros en una pared negra:

torciendo el cuello.

¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!

Dos frías balas muertas se nos aproximan:

con mucha prisa vienen.

 

***

 

Aparición

 

La sonrisa de las neveras me aniquila.

¡Qué corrientes por las venas de mi amada!

Oigo ronronear su gran corazón.

 

Conjunciones y signos de porcentaje

exhalan sus labios, como besos.

En su mente hoy es lunes: la moral

 

se lava y se presenta ante mis ojos.

¿Cómo interpretar tales contradicciones?

Llevo puños blancos, me inclino.

 

O sea: ¿es amor esta roja tela

que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?

Con ella haré vestiditos y abrigos,

 

y vestiré a una dinastía entera.

Cómo se abre y ciérrase su cuerpo:

¡un reloj suizo, y con rubíes en los goznes!

 

¡Ay, corazón, qué desbarajuste!

Las estrellas pasan centelleantes como agoreros números.

ABC, dicen sus párpados.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: