Seis poemas de John Keats, maestro del Romanticismo

El poeta británico John Keats encontró su vocación muy joven, pese a haber realizado algunas otros oficios durante su juventud. Y es que antes de los quince –después de haber quedado huérfano– comenzó a traducir a Virgilio.

La tragedia, como la de muchos ciudadanos de finales del siglo XVIII y principios del XIX, lo acompañó toda la vida, y fue justo eso lo que marcó su obra poética, llena de melancolía y de un lenguaje que, según decía, lo dejaba siempre a la sombra de los autores clásicos.

El reconocimiento a su obra llegó tarde, pero llegó. Por esa razón, Jamlet quiere madrugar y compartirles los siguientes seis poemas para que prueben de una sola mirada la maestría de Keats.

 

Ten compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!…

 

¡Ten compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!

Piadoso amor que no nos hace sufrir sin fin,

amor de un solo pensamiento, que no divagas,

que eres puro, sin máscaras, sin una mancha.

Permíteme tenerte entero… ¡Sé todo, todo mío!

Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer

del amor que es tu beso… esas manos, esos ojos divinos

ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero,

incluso tú misma, tu alma por piedad dámelo todo,

no retengas un átomo de un átomo o me muero,

o si sigo viviendo, sólo tu esclavo despreciable,

¡olvida, en la niebla de la aflicción inútil,

los propósitos de la vida, el gusto de mi mente

perdiéndose en la insensibilidad, y mi ambición ciega!

 

***

 

Sobre el mar

 

No cesan sus eternos murmullos, rodeando

las desoladas playas, Y el brío de sus olas

diez mil cavernas llena dos veces, y el hechizo

de liécate les deja su antiguo son oscuro.

Pero a menudo tiene tan dulce continente,

que apenas se moviera la concha más menuda

durante muchos días, de donde cayó Cuando

los vientos celestiales Pasaron, sin cadenas.

Los que tenéis los ojos dolientes o cansados,

brindadles esa anchura del Janar, como una fiesta ;

y los ensordecidos por clamoreo rudo

o los que estáis ahítos de notas fatigosas,

sentaos junto a Una antigua caverna, meditando,

hasta sobresaltaros, como al cantar las ninfas.

 

***

 

Oda a la melancolía

1

No vayas al Leteo ni exprimas el morado

acónito buscando su vino embriagador;

no dejes que tu pálida frente sea besada

por la noche, violácea uva de Proserpina.

No hagas tu rosario con los frutos del tejo

ni dejes que polilla o escarabajo sean

tu alma plañidera, ni que el búho nocturno

contemple los misterios de tu honda tristeza.

Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,

y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

 

2

Pero cuando el acceso de atroz melancolía

se cierna repentino, cual nube desde el cielo

que cuida de las flores combadas por el sol

y que la verde colina desdibuja en su lluvia,

enjuga tu tristeza en una rosa temprana

o en el salino arco iris de la ola marina

o en la hermosura esférica de las peonías;

o, si tu amada expresa el motivo de su enfado,

toma firme su mano, deja que en tanto truene

y contempla, constante, sus ojos sin igual.

 

3

Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.

También con la alegría, cuya mano en sus labios

siempre esboza un adiós; y con el placer doliente

que en tanto la abeja liba se torna veneno.

Pues en el mismo templo del Placer, con su velo

tiene su soberano numen Melancolía,

aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa

boca muerde la uva fatal de la alegría.

Esa alma probará su tristísimo poder

y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.

 

***

 

Canción de Folly

 

¡Oh! Me asaltan los más terribles pensamientos.

Cual la de un ruiseñor su voz no sea, acaso,

y no sean sus dientes la perla más preciosa;

sus pestañas, tal vez, que yo sepa, no sean

más largas que la antena menuda de una mosca

de mayo, y en sus manos no tenga ni un hoyuelo,

pero sí muchas pecas. ¡Ah! Una nodriza loca,

porque anduviera pronto la pequeñuela, puede

haber curvado un par de piernas de Diana

y torcido el marfil de una nuca de Juno.

 

***

 

A un amigo que me envió unas rosas

 

Cuando ya tarde paseaba por los campos felices,

A la hora en que la alondra sacude el trémulo rocío

De su exuberante escondite de trébol; -cuando de nuevo

Los bravos caballeros cogen sus abollados escudos:

Vi la flor más linda que haya ofrecido la naturaleza silvestre,

Una rosa almizcleña recién mecida por el viento; la primera en desprender

Su fragancia al verano: crecía encantadora,

Como si fuera el cetro que empuñara la reina Titania.

Y mientras me regalaba con su aroma,

Pensé en la rosa de jardín, con mucho superada:

Pero cuando, ¡Oh Wells!, tus rosas llegaron a mí,

Mi sentido con su exquisitez quedó presagiado:

Dulces voces tenían, que con tierna súplica,

Me susurraban sobre paz, verdad e invencible cordialidad.

 

***

 

A quien en la ciudad estuvo largo tiempo…

 

A quien en la ciudad estuvo largo tiempo

confinado, le es dulce contemplar la serena

y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria

hacia la gran sonrisa del azul.

¿Quién más feliz, entonces, si, con el alma alegre,

se hunde, fatigado, en la blanda yacija

de la hierba ondulante y lee una acabada,

una gentil historia de amor y languidez?

Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído

la voz de Filomela, y acechando sus ojos

la fúlgida carrera de una pequeña nube,

lamenta el deslizarse del presuroso día,

desvanecido como la lágrima de un ángel

que cae por el éter claro, calladamente.

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