Cinco poemas de Arthur Rimbaud, el poeta maldito más querido en Francia

El poeta francés Arthur Rimbaud, incluido en el libro de Los poetas malditos por el que fuera su pareja sentimental, el también poeta Paul Verlaine, fue un escritor que escribió parte de su mejor obra antes de cumplir los veinte, y que alcanzó el reconocimiento del mundo de las letras cuando ya había muerto.

El “Shakespeare niño”, como lo llamó Víctor Hugo, vivió una vida de excesos que lo enfrentó, en una buena parte de su vida, con el mundo cultural parisino de su época… pero que lo llevó a ser reconocido, gracias a sus versos, como una de las grandes influencias de escritores, músicos y artistas del siglo XX. ¿Quieren comprobarlo? Les dejamos estos cinco poemas para que nos digan qué opinan.

¡La hemos vuelto a hallar!…

 

¡La hemos vuelto a hallar!

¿Qué?, la Eternidad.

Es la mar mezclada

con el sol.

 

Alma mía eterna,

cumple tu promesa

pese a la noche solitaria

y al día en fuego.

 

Pues tú te desprendes

de los asuntos humanos,

¡De los simples impulsos!

Vuelas según..

 

Nunca la esperanza,

no hay oriente.

Ciencia y paciencia.

El suplicio es seguro.

 

Ya no hay mañana,

brasas de satén,

vuestro ardor

es el deber.

 

¡La hemos vuelto a hallar!

-¿Qué?- -La Eternidad.

Es la mar mezclada

con el sol.

 

***

 

Sensación

 

Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,

herido por el trigo, a pisar la pradera;

soñador, sentiré su frescor en mis plantas

y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

 

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:

pero el amor sin límites me crecerá en el alma.

Me iré lejos, dichoso, como con una chica,

por los campos , tan lejos como el gitano vaga.

 

Marzo de 1870

 

***

 

Sol y carne

 

¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue!

Porque el hombre ha terminado, el hombre

     representó ya todos sus papeles.

En el gran día, fatigado de romper los ídolos,

resucitará, libre de todos sus dioses,

y, como es del cielo, escrutará los cielos.

El ideal, el pensamiento invencible, eterno,

todo el dios que vive bajo su arcilla carnal

se alzará, se alzará, arderá bajo su frente.

Y cuando le veas sondear el inmenso horizonte,

vencedor de los viejos yugos, libre de todo miedo,

te acercarás a darle la santa redención.

Espléndida, radiante, del seno de los mares,

tú surgirás, derramando sobre el Universo

con sonrisa infinita el amor infinito,

el mundo vibrará como una inmensa lira

bajo el estremecimiento de un beso inmenso…

 

El mundo tiene sed de amor: tú la apaciguarás,

¡oh esplendor de la carne! , ¡oh esplendor ideal

¡Oh renuevo de amor, triunfal aurora

en la que doblegando a sus pies los dioses y los héroes,

la blanca Calpigia y el pequeño Eros cubiertos con

                                                 nieve de las rosas

las mujeres y las flores su bellos pies cerrados!

 

***

 

Primera velada

 

Desnuda, casi desnuda;

y los árboles cotillas

a la ventana arrimaban,

pícaros, su fronda pícara.

 

Asentada en mi sillón,

desnuda, juntó las manos.

Y en el suelo, trepidaban,

de gusto, sus pies, tan parvos.

 

-Vi cómo, color de cera,

un rayo con luz de fronda

revolaba por su risa

y su pecho -en la flor, mosca ,

 

-Besé sus finos tobillos.

Y estalló en risa, tan suave,

risa hermosa de cristal.

desgranada en claros trinos…

 

Bajo el camisón, sus pies

-¡Basta, basta!» -se escondieron.

-¡La risa, falso castigo

del primer atrevimiento!

 

Trémulos, pobres, sus ojos

mis labios besaron, suaves:

-Echó, cursi, su cabeza

hacia atrás: «Mejor, si cabe…!

 

Caballero, dos palabras…»»

-Se tragó lo que faltaba

con un beso que le hizo

reírse… ¡qué a gusto estaba!

 

-Desnuda, casi desnuda;

y los árboles cotillas

a la ventana asomaban,

pícaros, su fronda pícara.

 

***

 

Sueño para el invierno 1

                                                                           a ella…

En el invierno viajaremos en un vagón de tren

con asientos azules.

Seremos felices. Habrá un nido de besos

oculto en los rincones.

Cerrarán sus ojos para no ver los gestos

en las últimas sombras,

esos monstruos huidizos, multitudes oscuras

de demonios y lobos.

Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…

un beso muy pequeño como una araña suave

correrá por tu cuello…

Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara

-y tardaremos mucho en hallar esa araña,

por demás indiscreta.

 

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