Seis poemas de Manuel José Othón, el mexicano del romanticismo y el modernismo

Manuel José Othón, nacido en San Luis Potosí dedicó su vida –como muchos saben– al servicio público, sin embargo su gran pasión fueron las letras.

Desde adolescente comenzó a escribir poesía e, incluso antes de estudiar leyes, ya había publicado su primer libro de poemas.

José Othón, influenciado por los tiempos que vivió, se adhirió a dos corrientes: el romanticismo y el modernismo, y su labor literaria a lo largo de su vida fue reconocida y admirada.

Es por eso que Jamlet decidió echar un vistazo a su biblioteca para elegir los siguientes seis poemas del bate potosino.

 

En la estepa maldita

En la estepa maldita, bajo el peso

de sibilante brisa que asesina,

irgues tu talla escultural y fina

como un relieve en el confín impreso.

 

El viento, entre los médanos opreso,

canta como una música divina,

y finge bajo la húmeda neblina,

un infinito y solitario beso.

 

Vibran en el crepúsculo tus ojos,

un dardo negro de pasión y enojos

que en mi carne y mi espíritu se clava;

 

y destacada contra el sol muriente,

como un airón, flotando inmensamente,

tu bruna cabellera de india brava.

 

***

 

En tus aras quemé mi último incienso…

En tus aras quemé mi último incienso

y deshojé mis postrimeras rosas.

Donde se alzaban los templos de mis diosas

ya sólo queda el arenal inmenso.

 

Quise entrar en tu alma, y qué descenso,

¡qué andar por entre ruinas y entre fosas!

¡A fuerza de pensar en tales cosas

me duele el pensamiento cuando pienso!

 

¡Pasó…! ¿Qué resta ya de tanto y tanto

deliquio? En ti ni la moral dolencia,

ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.

 

Y en mi ¡qué hondo y tremendo cataclismo!

¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,

y qué horrible disgusto de mi mismo!

 

***

 

¡Es mi adiós…! Allá vas, bruna y austera…

¡Es mi adiós…! Allá vas, bruna y austera,

por las planicies que el bochorno escalda,

al verberar tu ardiente cabellera,

como una maldición, sobre tu espalda.

 

En mis desolaciones ¿qué te espera?

-ya apenas veo tu arrastrante falda-

una deshojazón de primavera

y una eterna nostalgia de esmeralda.

 

El terremoto humano ha destruido

mi corazón y todo en él expira.

¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!

 

Aún te columbro, y ya olvidé tu frente;

sólo, ay, tu espalda miro cual se mira

lo que huye y se aleja eternamente.

 

***

 

Idilio salvaje

¿Por qué a mi helada soledad viniste

cubierta con el último celaje

de un crepúsculo gris?… Mira el paisaje,

árido y triste, inmensamente triste.

 

Si vienes del dolor y en él nutriste

tu corazón, bien vengas al salvaje

desierto, donde apenas un miraje

de lo que fue mi juventud existe.

 

Mas si acaso no vienes de tan lejos

y en tu alma aún del placer quedan los dejos,

puedes tornar a tu revuelto mundo.

 

Si no, ven a lavar tu ciprio manto

en el mar amarguísimo y profundo

de un triste amor o de un inmenso llanto.

 

***

 

Invocación

No apartes, adorada Musa mía,

tu divino consuelo y tus favores

del alma que, nutrida en los dolores,

abrasa el sol y el desaliento enfría.

 

Aparece ante mí como aquel día

primero de mis jóvenes amores

y tu falda blanquísima con flores

modestas u olorosas atavía.

 

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente

en horas de entusiasmo o de tristeza,

que resuene en tu canto inmensamente

 

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,

alma del Arte, y tu pasión ardiente

a la madre inmortal Naturaleza!

 

***

 

Mira el paisaje: inmensidad abajo…

Mira el paisaje: inmensidad abajo,

inmensidad, inmensidad arriba;

en el hondo perfil, la sierra altiva

al pie minada por horrendo tajo.

 

Bloques gigantes que arrancó de cuajo

el terremoto, de la roca viva;

y en aquella sabana pensativa

y adusta, ni una senda ni un atajo.

 

asoladora atmósfera candente

de se incrustan las águilas serenas

como clavos que se hunden lentamente.

 

Silencio, lobreguez pavor tremendos

que viene sólo a interrumpir apenas

el galope triunfal de los berrendos.

 

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