Literatura

¿De qué hablaba Arreola cuando hablaba de una mujer?

Por Jenifer Balderas

Durante décadas se ha catalogado a Juan José Arreola como un escritor misógino, acaso porque la mayoría de las mujeres que aparecen en sus relatos suelen ser cosificadas, menospreciadas o incluso violentadas; no obstante, estos personajes podrían significar lo contrario, es decir, una forma de referir lo obvio en la sociedad machista del siglo XX: hay mujeres que son vistas como menos que objetos, hay mujeres que viven sometidas y hay mujeres que son abusadas.

Está claro que Arreola no es un autor que haya escrito para concientizar acerca del feminismo o ciertos problemas de la sociedad, pero también es cierto que, como la mayoría de los escritores, plasmó en su obra gran parte de su contexto. Uno habla de lo que sabe, de lo que ve y de lo que entiende.

Para muchos resultará atrevido negarle la etiqueta de misógino al jalisciense; sin embargo, en muchos textos es evidente que Arreola describió al género femenino con sublimación, pues lo admiraba y lo respetaba; mientras que a los personajes hombres los tachó de débiles o incompletos (por no decir incompetentes) sin una mujer a su lado, y no en el sentido de sumisión, sino en el de necesidad de ser total.JJA

El relato “Teoría de Dulcinea” es el ejemplo de ello, pues este breve cuento, además de rendir un evidente homenaje a Don Quijote de la Mancha, también reverencia a la figura de la mujer. El título es la prueba contundente, pues deja claro que la pequeña pieza abundará en el enorme papel que tiene Dulcinea en la vida del loco aventurero Alonso Quijano.

“En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol”.

Es decir que, según la lectura (o escritura) de Arreola, no habría Quijote sin Dulcinea o mejor dicho, sin mujer, pero no en el sentido de aquella dama concebida como la “señora de sus pensamientos”, no como consecuencia (o parte) de la transformación del lector a caballero; sino como causa inminente de la locura, de la alteración de la realidad que sufre el propio personaje.

Para Arreola, en esta historia clásica de la literatura hispánica, hubo un hombre solitario que jamás pudo mantener tratos amorosos con ninguna mujer, por ello, cuando existió una capaz de demostrarle interés romántico, aún en sus años de decadencia, prefirió hacerse el loco antes que confrontar la situación.

“El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire”.

Así es como Arreola confirma una de las grandes premisas de su literatura: la mujer es culpable de la locura del hombre, pero el hombre no es más que un ser cobarde incapaz de enfrentarla, por eso prefiere huir o someterse.

“Vivimos en una fuga constante. Las hembras van tras de nosotros, y nosotros, por razones de seguridad, abandonamos todo alimento a sus mandíbulas insaciables.

Pero la estación amorosa cambia el orden de las cosas. Ellas despiden irresistible aroma. Y las seguimos enervados hacia una muerte segura. Detrás de cada hembra perfumada hay una hilera de machos suplicantes”.

En estas líneas, queda claro que los machos, despojados de la razón como el mismo Don Quijote, se entregan a los caprichos de las hembras, aunque estos sean letales para ellos. Resulta más conveniente morir que pelear por su vida, pues tal parece que la batalla está perdida para su género.

“Queda adormecida largo tiempo triunfadora en su campo de eróticos despojos. Después cuelga del árbol inmediato un grueso cartucho de huevos. De allí nacerá otra vez la muchedumbre de las víctimas, con su infalible dotación de verdugos”.

Un cuento más donde Arreola deja al descubierto la hipótesis (o una de sus grandes premisas) es “Parábola del trueque”, pues en dicha narración, si bien el hombre existe en una realidad que le permite cambiar a una mujer por otra, como si ésta fuera una silla nueva, lo cierto es que al final, quien sale victoriosa es precisamente una mujer.

“Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo”.

Al inicio de esta narración, son los hombres quienes tienen el “poder”, pues ellos están facultados, si así lo desean, para intercambiar a sus mujeres; es, además, un hombre el que se pasea por el pueblo ofreciendo el negocio del trueque, mientras que las féminas viven enjauladas o sometidas a la voluntad de los varones de su pueblo.

Sin embargo, tener el poder no implica tener la razón, por ello los hombres enloquecen cuando ven a las mujeres del mercader y acaban por entregar a sus esposas, a cambio de una nueva pareja. Sólo un hombre rompe con el patrón, pero no por falta de ganas, sino por falta de agallas (¿o tal vez por amor?). De este modo, su mujer es la única que que no encaja con el resto de sus congéneres, pero por poco tiempo, pues los maridos no tardan en descubrir la estafa de la que fueron víctimas: las mujeres doradas son falsas.

Cuando los hombres del pueblo se dan cuenta de la verdad, toman a su respectivo embuste y emprenden la cacería del mercader, pero también su propia huída, pues cuando perdieron a sus mujeres, perdieron también la dignidad y el poder.

De este modo, el pueblo se vacía de hombres, quedando sólo uno, el cobarde que al permanecer a lado de su mujer, pierde el respeto de todos, pues en realidad no hubo un motivo genuino en sus determinaciones: “su conducta parecería depender menos de la fidelidad a su esposa que de la inmovilidad rebelde ante una transacción sospechosa”. Por su parte, Sofía gana su libertad, pues al no tener marido con autoridad, ni a una sociedad crítica a su alrededor, se vuelve independiente; además, hay que señalar que es el único personaje de la historia merecedor de reconocimiento, pues aunque al principio haya querido ser cambiada por otra, sus deseos no dependían de ella misma, sino de aquellos que en ese momento tenían el control.

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En “Parábola del trueque” queda en evidencia, de nueva cuenta, la huída y el sometimiento del género masculino ante la presencia femenina; y a la vez se defiende la idea de que el verdadero “oro deslumbrante” proviene de los pensamientos o los sueños, pues el que a veces se ve en el exterior no es más que pintura.

Arreola y el amor

Para comprender la relación que Juan José Arreola tenía con las mujeres en la ficción es necesario entender, a la par, su visión sobre amor.

En los cuentos arreoleanos queda muy claro que el amor tiene diversas formas y la mayoría de las veces no es correspondido, además de que acaba con tragedias como la muerte (“Corrido”), el divorcio (“El Rinoceronte”), el adulterio (“La vida privada”) o simplemente con la desilusión (“Tres días y un cenicero”), y todo es mera consecuencia de las fantasías, expectativas o esperanzas que tenían los hombres con respecto a las mujeres en cuestión. No es culpa de ellas por ser así, es culpa de ellos por idealizarlas.

Por ello, puede que para el jalisciense el amor sea equivocación a la vez que destino. Es inevitable que cuando dos se encuentran tengan que unirse y conformar una pareja más que intenta “reconstruir el arquetipo”.

Pero, ¿no es el arquetipo algo determinado por la sociedad? ¿Por qué acatar lo que la sociedad dice que está bien cuando en realidad no genera algo positivo?

La respuesta es sencilla: porque no hacerlo tampoco garantiza la felicidad, aunque sí la tranquilidad, y la evidencia de ello es el personaje masculino del cuento “Hizo el bien mientras vivió”, el cual decide rebelarse y no casarse con Virginia (una mujer autoritaria y voluntariosa que representa “lo tradicional” o “lo correcto”) para darle cobijo a su joven secretaria, víctima de los chismes debido a un sospechoso embarazo.

El hombre, por principios, rompe el compromiso con su novia, a la que no le perdona el abandono de los tres hijos ilegítimos de su difunto marido, y accede a cuidar a su secretaria y su hijo, de tal modo su conciencia estará en paz.

El relato que apareció en Varia Invención, es la muestra más clara de que en la literatura de Arreola hay matices. Ni todas las mujeres son buenas, ni todas son malas, por otro lado, no todos los hombres aceptan someterse a las reglas sociales, aunque sí a los encantos de una mujer.

No se trata de ser condescendiente con el autor, la época o el machismo, se trata de apreciar la literatura en su contexto ficcional, y deleitarse con cada palabra, cada oración elegida por un autor de la categoría de Arreola. 

 

Bibliografía

Juan José Arreola, Narrativa Completa, Ed. Debolsillo

Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, Ed. Edelvives

Geney Beltrán Félix, Asombro y desaliento. Algunos cuentistas mexicanos, Ed. FCE.

Margo Glantz, Ensayos sobre literatura mexicana del siglo XX. Obras reunidas IV, Ed. FCE

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