Literatura Rándom

Preguntas sobre los solitarios… que se casan con la nada

¿Qué está pasando en Japón? Deberíamos preguntarnos todos aquellos que seguimos el día a día de nuestro mundo (o deberíamos decir: nuestros mundos).

¿Están los japoneses viviendo en el futuro, mirando hacia él, imaginándolo y construyéndolo al mismo tiempo, y nosotros no nos hemos damos cuenta? En eso pienso mientras leo esta noticia en periódicos de todo el mundo: un hombre japonés se casó con su holograma favorito.

La historia va más o menos así: Akihiko Kondo, de 35 años de edad, decidió contraer nupcias con una cantante de realidad virtual, muy famosa por cierto, llamada Hatsune Miku. La decisión la tomó luego de varias decepciones amorosas con mujeres que lo llamaron “otaku asqueroso” y lo orillaron a elegir a dicho holograma como su esposa. Le propuso matrimonio a la antigua, con todo y anillo, y ella aceptó. A la ceremonia solo asistieron algunos de sus amigos, luego que su madre y su familia le dijeran: “no, gracias”, al considerar que lo que hacía Kondo estaba fuera lo normal.

¿Que por qué me hago estos cuestionamientos y me interesó por el tema? Sencillo, porque ya lo dijo el dramaturgo romano Terencio: “soy un hombre, nada humano me es ajeno”.

Por esa razón, lo que más me ha intrigado de todo es que Gatebox, la empresa creadora (y productora) del holograma y el dispositivo donde puede verse, aseguró que han expedido más de 3 mil 700 certificados de matrimonio como el de Akihiko, a los que han llamado “interdimensionales”.

El caso de Kondo es paradigmático y se presta para la burla. ¿O van a negar que pensaron compartirle la nota a su amigo el “solterón” o a su amiga “la quedada”?. Sin embargo, lejos del chascarrillo fácil, habría que preguntarnos qué hemos hecho como sociedad para que más de 3 mil personas hayan decidido evitar el contacto físico de un matrimonio, y hayan preferido casarse con holograma que -como en el caso del japonés- siempre está de buen humor y hace justo lo que uno quiere.

Creo que el punto central en todo este embrollo es la Soledad (así, con mayúsculas), que está a nada de ser considerada una epidemia, como se ha reportado desde principios de este siglo.

Es cierto que los estudios a nivel internacional apuntan que los problemas de soledad se dan con mayor frecuencia en los adultos mayores. No obstante, en los últimos años varias investigaciones (como el estudio “La soledad en España” del catedrático de la Universidad Complutense, Juan Díez Nicolás) han demostrado que el problema con los jóvenes va en aumento.

Y es por eso que vale la pena traer a la memoria el texto publicado en 2007 en El País Semanal por el escritor y poeta Vicente Verdú, titulado Soledad, la plaga del siglo XXI, en el que el autor afirma que: “la soledad de las grandes ciudades, el hiperindividualismo, la muchedumbre solitaria, las mónadas sociales, fueron temas relevantes en la segunda mitad del siglo XX, pero apenas se habla ya de ello. Los individuos no se han entrañado ni abrazado más entre sí, pero electrónicamente se han comunicado de tal modo que el fenómeno de la interconexión parece haber acallado las inquietudes o las voces del aislamiento”.

Ahora, no digo que el caso de Kondo sea el de una patología consecuente de la soledad, pero deberíamos preguntarnos: ¿entonces qué es? ¿Se trata de una persona que nos muestra cómo será el futuro?

Resulta muy curioso que, a pesar de los más de tres mil casos que se conocen, el de este hombre de 35 años haya sorprendido a tantos. ¿Qué lo ha hecho convencerse que su enlace matrimonial es real? ¿Qué lo ha llevado a pensar que -como en el caso de los matrimonios de personas del mismo sexo- él también debe ser considerado una minoría por el Estado?

Son muchas preguntas y hay muy pocas respuestas. Por tal razón, esta divagación terminará con otro fragmento del texto de Verdú, que parecía predecir nuestro futuro: “incluso, con el uso y el consumo de compañías y sentimientos en la Red, lo que hoy parece sucedáneo borrará su estigma subsidiario y ascenderá de pleno derecho al mundo que alivia los surtidos de la soledad”.

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