Literatura Sobre Octavio Paz

La pregunta y el laberinto

Alfonso Reyes, después de sumergirse en el esplendor del imperio azteca y de describirnos casi como una revelación su Visión de Anáhuac, realiza de manera muy sutil una provocación: la necesidad de una reflexión permanente sobre nuestro pasado y lo que éste aún tiene que decir sobre lo que somos.  Pero… ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? Octavio Paz, a la mitad de su vida, atiende la provocación y se sumerge en la pregunta esencial ¿Qué es el Ser Mexicano?  

En los cuatro primeros capítulos del Laberinto de la soledad, Octavio Paz estudia de manera muy detenida lo que significa ser mexicano. Para Paz, es un ser encerrado en sí mismo, celoso de su intimidad y que no se permite ser vulnerado. Cuando se abre, lo hace al calor de la fiesta, en la embriaguez y lo hace desgarrando la realidad. Paz hace un examen detenido sobre el malestar mexicano: el sentimiento profundo de soledad, casi como orfandad y desamparo y la necesidad de comunión. Y desde esa visión describe lo que, para él, significa la mujer, la madre, el padre, el hijo, la fiesta, la religión, los mitos. Sin embargo, a Paz no le interesa dar un perfil general del mexicano.  Paz busca encontrar lo que hay detrás de esa actitud, lo que hay en el fondo de este Ser. Según expondría en una entrevista en 1977, para escribir El laberinto de la soledad se valió del psicoanálisis, el pensamiento fundamental de Freud: las ideas son expresiones de una realidad escondida no declarada.  Es importante observar que, en esta lógica, donde es el lenguaje lo que explica el ser, donde el lenguaje construye realidad a la manera de Lacan, es donde aparecen tres verbos fundamentales: rajar, chingar y ningunear.

El mexicano no se raja, es decir, no se abre, no se acobarda. Para él, la apertura, es sinónimo de cobardía. Quien no puede mantenerse cerrado carece de valentía. El mexicano chinga, atraviesa al otro sin su consentimiento. Al chingar vulnera de manera violenta, transgrede, viola. Ser hijo de la chingada es ser hijo de la que fue violada, de la que fue tomada a la fuerza.  El mexicano ningunea, hace de alguien ninguno. Lo anula, lo inhabilita. “¿Quién está ahí? No es nadie, soy yo.”  La moral de vasallo, del que disimula para no estar, para no molestar, para no ser. Al ningunear nos ninguneamos, nos anulamos y dejamos de ser. Y así, el mexicano al construir su lenguaje construye su realidad. Una realidad, basada en la violencia, el recelo y el desprecio, por decir lo menos.

En otro momento de la entrevista mencionada, Paz asevera que “El laberinto de la soledad es una novela en forma de ensayo donde el personaje es un país”.  Y aquí, es necesario retomar esta definición por el concepto de “personaje”.  Lo que permite el personaje al escritor o al actor -en el caso del personaje dramático- es que la experiencia personal se vuelva universal a través del filtro del arquetipo. Para el director teatral polaco Jerzy Grotowski, el personaje dramático (y México lo es sin lugar a duda) es “una especie de escalpelo que nos permite abrirnos a nosotros mismos, trascendernos, encontrar lo que está escondido dentro de nosotros y realizar el acto de encuentro con los demás; en otras palabras, trascender nuestra soledad.” Esto es lo que sucede con Paz mientras escribe y con nosotros mientras lo leemos. El texto nos abre, nos permite ver aquello que vive escondido en nosotros: la descripción que hace es tan precisa que cuando se lee, el recuerdo es más recurrente que la imaginación. Me atrevería a decir que en la mente de cada mexicano particular existe un ejemplo concreto para cada imagen que propone el texto.

Así mismo, en la necesidad de encontrar los fundamentos de este Ser, Paz emprende la revisión de la historia de México, desde la Conquista hasta 1950 que es el momento en que escribe su libro. Paz no busca que la historia de los hechos explique el origen o la causa del malestar, sino que la historia de las ideas le permita entender como el mexicano se ha pensado y se ha vivido a sí mismo y encontrar bajo esa luz, el fondo último de este Ser.  Catolicismo, liberalismo, positivismo, los grandes sistemas de pensamiento que la nación empleó para pensarse, para explicarse, para justificarse. Sin embargo, todas eran externas, y al mismo tiempo que no lograban colocarnos en el curso de la historia universal anulaban nuestras particularidades. Sólo hasta la Revolución, México encontraría un movimiento común que, aunque más auténtico, no poseía un sistema de pensamiento que le otorgara una completa visión de mundo.  Así “La historia de nuestro pueblo se nos presenta como una voluntad que se empeña en crear la forma que la exprese y que, sin traicionarla, la trascienda.” Por ello México y el mexicano se piensan como futuro y como proyecto. Es en ese momento en el que se ve en la necesidad de inventarse y construirse.

Paz entiende que “la política no puede ofrecer una solución a los problemas fundamentales de la condición humana” y nos lleva a reflexionar que debemos dejar de buscar que los grandes sistemas de pensamiento nos expliquen o nos piensen, si no que debemos utilizarlos como instrumentos para pensarnos a nosotros mismos con nuestras particularidades desde nuestro ser único en tanto que mexicano. En el momento en que la Nación tiene la necesidad de construirse, de inventarse, la pregunta por México es la que se hace el individuo sobre sí mismo. A medio siglo y en la mitad de su vida, Paz ve reflejada la nación en su Ser y sumergirse en la pregunta se hace impostergable. Hacer una revisión, un examen de México y el mexicano, es la necesidad de construirse una memoria, de clarificar el pasado para caminar hacia el futuro. Conocer, entender y aceptar la propia soledad para emprender el camino de la comunión. Quien escribe el libro lo hace para entender dónde está parado y desde esa conciencia emprender entonces, como dice Reyes, la obra de la acción común y la obra de la contemplación común.

Paz al describir lo mexicano, al enunciar su malestar, hace precisamente una operación contraria al ninguneo. Nombra lo mexicano, lo hace consciente y, no sin dolor, lo hace Ser. La operación psicoanalítica se realiza. Paz a través del lenguaje hace presente, visible y claro, lo invisible, lo difuso, lo ignorado, lo evadido. Por eso cuando lo leemos, sobre todo la primera parte, nos sentimos desgarrados pero conmovidos y aliviados (o nos chinga pero no nos rajamos, según sea el caso). Así, la provocación de Reyes y la pregunta que concretiza Paz, se vuelve una reflexión obligada permanente. La pregunta que se hace es la que tendríamos que hacernos todos. El Ser Mexicano se actualiza con su pregunta. 

Olvidaba decir que Reyes, al final de Visión de Anáhuac, hace la provocación todavía más concreta, puesto que es lanzada especialmente a los poetas. Paz, al final de su propio texto ofrece, no una respuesta pero sí un camino, su propio camino sensible, el del poeta. Para Paz, la conciencia de la soledad y el deseo de comunión, ambas dolorosas, contradictorias y complementarias, deben ser guiadas, ante todo, por la búsqueda del amor. Paz no quiere responder qué es el Ser Mexicano. Pero se adentra en las profundidades. Finalmente, su texto es una invitación a perderse en el laberinto de la soledad para encontrar nuestra propia respuesta o mejor, para concebir nuestra propia y auténtica pregunta sobre el Ser Mexicano. Y cuando logremos enunciar nuestra pregunta, aunque sea la misma, será NUESTRA pregunta. Y así, al nombrarla, nos nombramos a nosotros mismos y nos permitimos ser. Al final creo, el deseo de Paz es el que expresa Juarroz en su poema:

Ya no se trata de hombres ni de dioses.

Ya no se está en el sitio de las respuestas.

El propio eco se ha convertido en valle.

Quizá la salvación del hombre

consista en rodar por su propia ladera,

abrazado a la piedra

de la mayor de sus preguntas.

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