Literatura Teatro

El mandato divino de la pasión

¿Qué sucede cuando una pasión prohibida es llevada hasta sus últimas consecuencias? Parece ser que ese fue el tema que Federico García Lorca quiso explorar cuando se propuso escribir Bodas de Sangre en 1933; la unión nupcial rasgada por la deseo y la muerte. En este texto el destino trágico se hace presente cuando aparece la absoluta necesidad de poseer al otro a cualquier precio y frente a cualquier obstáculo: “cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque”.

Los personajes de Lorca llevan el fuego en la sangre y la flor en la boca, sus parlamentos tienen la poesía que refleja las emociones más salvajes, las más puras, las más humanas. Nos muestran lo que pasa cuando no se puede luchar contra eso que se siente, que invade los sentidos y los atrofia,  que los posee y no los deja estar: la imagen del otro, del ser amado. Pero en Bodas de sangre esta pasión es contraria a lo que dicta la tradición, la moral, la sociedad. El enamoramiento es ilegítimo porque no corresponde a las leyes de familia y del hombre, y por ello, para los protagonistas, parece ser que la única ley que se debe seguir es la divina, el mandato divino de la pasión.

En los personajes este mandato se atraviesa y los deja sin pasado y sin futuro porque el pasado no vale y el futuro no existe. Lo que importa es el presente, estar con el ser causante de la pasión, satisfacer la poderosa necesidad carnal, la necesidad de poseerlo. Para los personajes de Lorca es necesario llevar esta acción hasta las últimas consecuencias, las consecuencias de la muerte, de la sangre. Y es así porque sucede en un  lugar donde el honor es la vida, donde es mejor estar enterrado que ser deshonrado, donde a la pasión de ánimo -como dice Oscar Liera en Camino rojo– sólo se le puede dar rienda suelta por un instante a costa de perder la vida.

En el campo, en esa tierra donde todo es  más inmediato, más cercano, más natural, nada se puede esconder, hacen caso a la naturaleza y dejan que se manifieste. Pero se hace porque no se puede luchar contra ello. Aquí el amor no se disfruta, no es un placer, es un instinto básico e inexorable que se vuelve un martirio por el que vale la pena perder la vida con tal de calmar, por un instante esta sensación que mata y quema. Para la novia ninguno de los dos hombres es más importante: uno estremece, otro calma; uno es el fuego, el infierno, la necesidad, el otro es esperanza, salud, tranquilidad. Sin embargo, los amantes, a pesar de todo, no pueden poseerse, la muerte se atraviesa, se adelanta, ésa es la tragedia. Dos hombres se matan por una mujer.

Con un lenguaje muy depurado, García Lorca escribe este hermoso poema dramático. Las costumbres arraigadas, el amor por la sangre, lo ritual conectado con la naturaleza, la madre digna en el recuerdo,  el olor a tierra mojada, a piso de tierra barrida con agua, las casa hechas de piedra, los zapatos sucios del campo, el caballo negro que corre rompiendo el viento, los cantos de cuna y los funerarios, el rencor, la familia, la sangre, son algunas de las imágenes poderosas y perturbadoras que nos acompañan en la lectura de esta apasionante tragedia andaluza.

-Bodas de sangre, Federico García Lorca, Cátedra. 2014

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