Literatura

El ensayo total

Por naturaleza, la literatura es el hogar donde habitan las ideas, pero bajo una condición particular: mientras el racionalismo busca la comprobación empírica de fenómenos demostrables en el plano material de la realidad, la idea puede sobrevivir, como simple posibilidad o como imaginación, en el plano de la ficción. En la literatura las ideas tienen cabida de forma pura y desinteresada y, si acaso, el motivo que las justifica y las dota de sentido es la forma: la forma literaria o la forma estética.

De este modo,  el ensayo literario no parte de la razón, sino de la palabra. El ensayo académico y el ensayo literario, si bien llamados de igual forma entrambos, parecieran dos medios radicalmente opuestos. El ensayo académico responde a las necesidades cientificistas o positivistas de comprobar y demostrar hipótesis, en donde la palabra es un simple medio para la transmisión de conocimiento; en el ensayo literario, en cambio, la palabra vuelve a su propósito esencial: contar.

En la narrativa los vértices de la imaginación se disparan en las más múltiples direcciones y la ficción se hace paso y se presenta para dar al texto un sinfín de posibilidades creativas y de interpretación. La narrativa, a veces, descansa en la fantasía o en una ficción disfrazada de realidad. En el realismo, si bien se pretende dotar a la literatura de un medio para reflejar la realidad, es una realidad ficcionalizada, un reflejo, a fin de cuentas. El ensayo literario debe competir con la narrativa y no con el ensayo académico, aunque formalmente oscile entre los dos. Éste último está dirigido a un grupo especializado que pretende profundizar en una cierta área de conocimiento, el ensayo literario, en cambio, al igual que la narrativa, debe abrirse un resquicio para envolver y atraer a un grupo amplio de posibles lectores.

¿Cómo atreverse a competir con la narrativa? A través del ideal. El ensayista literario debe aspirar a abarcar el universal. En su libro El sueño no es un refugio sino un arma (2009) el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix nos habla de la existencia del “ensayo total” (como el concepto de “novela total” que llevó a cabo James Joyce con el Ulises). El escritor sinaloense nos dice que este tipo de ensayo debe ser multidisciplinario y debe estar respaldado por una amplia y sólida investigación; nos dice que ejemplos de este tipo de ensayos son El laberinto de la soledad (1950) y El arco y la lira (1956) de El ensayo total.

Y es que si hay alguien que dotó al género ensayístico de personalidad, carácter e individualidad, ese fue sin duda, Octavio Paz. Para mí su más grande obra, en cuanto a ensayo se refiere, es El arco y la lira. En él Paz distingue entre dos formas, dos esencias: poema y poesía. La primera es la forma, el contenedor, lo mensurable, el lugar donde se aloja la otra: la poesía. Poesía es, entonces, lo indescriptible, la sensación, la belleza incomprensible del mundo. El poema es la versificación, el ritmo, la métrica; la poesía es lo sensorial, el encuentro entre palabra y el hombre. Al separar a la poesía de la forma Paz lleva a cabo una escisión, un rompimiento, una liberación: si la poesía ya no es la forma, ésta puede andar por donde sea, moverse libremente y alojarse donde quiera. De esta forma la narrativa, o el ensayo mismo (o algunos fragmentos de éstos) pueden ser poesía. Leyendo El arco y la lira con detenimiento el lector encuentra un ritmo, un estilo y una belleza en las palabras: se encuentra que El arco y la lira es prosodia pura, es poesía en prosa, es lenguaje metatextual, poesía que se explica a sí misma. El ensayo se vuelve acto poético, es el mayor logro de paz.

Pero los ensayos de Paz no llegan a la denominación de “total” solo por eso, sino porque aspiran a un ideal, a un concepto universal de un tema. En su famoso ensayo sobre el mexicano, El laberinto de la soledad, no habla de diferentes tipos de mexicanidad, sino que intenta incluirnos a todos en una idea única de mexicano, en la que cabemos todos. En El arco y la lira no habla sobre un tipo de poesía específica, de un cierto país o de una cierta época, sino que sus ideas se aplican a toda la poesía o un concepto de poesía ideal o universal, como ya lo mencioné antes. De esta forma el ensayista literario se sale del ambiente académico en el que sólo unos cuantos especialistas podrán leer sus textos y abre sus brazos para recibir a diferentes grupos de lectores, volviendo así, sus escritos, igualmente atractivos y fascinantes para cualquier lector, de igual forma que lo sería un cuento o una novela; transformado de esta manera el ensayo en literatura, a través de la idea de un mexicano o de una poesía universal. El ensayo es idealismo.

El ensayo literario presenta sus cartas y despliega su poderío tratando de guiar al lector hacia el lejano y atractivo plano del ideal, en donde adquiere su potencia y su forma. El ensayista es ambicioso, aspira a las ideas más elevadas, a eso que tiene mayor relevancia como seres humanos: el amor, la divinidad, el arte, la literatura, etcétera. Y puede ser que, dentro de su genialidad, el ideal pueda ser comprobado en el plano material, el ideal no descarta del todo a la razón, aunque al ensayista literario haya que aprehenderlo con esa “fe poética” a la que Borges se refirió hablando de la poesía pero que podría valer para toda la literatura.

Liliana Weinberg nos habla sobre el origen del ensayo y del hombre al que se le atribuye su creación: el escritor francés Michel de Montaigne. La autora argentina nos dice que los hombres (en su esencia de ser hombres como ser verbal), sólo creemos los unos en los otros través de la palabra. La palabra es entonces el acto de fe, el eslabón que une a los hombres; la palabra es la cadena que delimita las fronteras dentro de la que habitan los seres de lengua.

Este proceso se da a partir de un acto de buena fe, dice la autora, en la que los hombres confiamos en la palabra de los otros. El ensayista, entonces, solicita la confianza de sus lectores. La lectura del ensayo es un acto de reciprocidad en el que se da un acto de fe autor-lector e igualmente en sentido contrario, lector-autor. Y no sólo eso, sino que el término remite, de esta forma, también a la posibilidad de persuadir sobre la veracidad de lo afirmado. “El reclamo de buena fe es por tanto la solicitud de un acuerdo”, dice Weinberg, un acuerdo que se establece a través de la escritura. Del ensayo parte, entonces, un acto de interpretación; pero no una interpretación racional, es interpretación de la misma forma que se interpreta una pieza musical y se lee la partitura, es el tema y es sus variaciones, es tono y es registro. El ensayo se vuelve dramatización de la vocación humana de búsqueda.

En palabras de Alfonso Reyes el ensayo es “el centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha”.

El ensayo es el lugar de las aperturas y las ventanas, no cabe la falsedad, la palabra se vuelve ficción; casi al mismo nivel que en la narrativa, la palabra se transforma, es gancho entre la realidad material y la palabra realÍstica que impone su propio nivel de realidad, se mueve y funciona bajo la propia realidad que ésta misma crea. El ensayo no propone la comprobación de eventos, propone una apertura, una ventana que funciona como encuadre o filtro mediante el cual el lector observa una realidad, que como ya dijimos se construye a través de las palabras, pero de igual forma, a través de la perspectiva de su autor.

Bajo la sentencia mediante la cual Montaingne afirma que el tema y el sujeto del ensayo son el mismo, se abre la posibilidad de un perspectivismo, de una manera de enfrentarse al mundo, la manera de un sólo hombre, el ensayista. El ensayo es un acto intimista, de confesión. “Escribo sobre mí y sobre y sobre mis escritos como sobre mis actos, y mi tema se vuelve sobre sí mismo”, nos dice el autor francés.

El ensayista se dirige a sí mismo, el ensayista es ya una interpretación, la interpretación de la tarea escritural. El ensayo genera un acto de unidad entre su autor y su contenido: hay una disociación, sucede una separación del yo. El lector transita entre el yo autor y el yo sujeto, que en el ensayo parecerían ser la misma persona pero no lo son. En el ensayo la persona se divide en dos formas que están unidas, la palabra es el acto de unidad que se manifiesta en la forma ensayo. Montaigne agrega: “Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo y con la misma marcha. En otros casos puédese elogiar la obra y criticar al obrero, por separado; en éste no: si se ataca al uno, se ataca al otro”.

El “ensayo total”, entonces, es apertura, rompe las cadenas del género, poetiza su discurso, ficcionaliza al yo, dramatiza lo cotidiano; es pensamiento, posibilidad, reflexión. En el ensayo se desarrolla la palabra, deja de ser literatura, sólo ficción, y se vuelve palabra pura: palabra que produce pensamiento, imaginación y se vuelve efectiva en la realidad. Todo esto sin dejar de perder su belleza, la belleza natural de la palabra, la que la regresa, otra vez, a ser literatura.

Los ensayos de Julio Torri o los de Ibargüengoitia nos demuestran cómo el ensayo literario extiende sus fronteras y colinda y se hace pasar por narrativa. Y, además de ellos, la tradición ensayística mexicana es riquísima: desde Alfonso Reyes, Gabriel Zaid, además de una infinidad de novelistas y poetas que han explorado este género.

Finalmente Zaid nos dice sobre el ensayo: “Un ensayo no es un informe de investigaciones realizadas en el laboratorio: es el laboratorio mismo, donde se ensaya la vida en un texto, donde se despliega la imaginación, creatividad, experimentación, sentido crítico del autor. Ensayar es eso: probar, investigar nuevas formulaciones habitables por la lectura, nuevas posibilidades de ser, leyendo”.

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