Literatura

Siete poemas de amor y desamor de Jaime Sabines

Jaime Sabines fue, sin duda, uno de los poetas más grandes en México y Latinoamérica que nos regaló el siglo XX.

El escritor y también político chiapaneco cosechó durante toda su vida como poeta, elogios y premios gracias a lo prolífica que fue su obra. Sus contemporáneos supieron reconocer que la voz poética de Sabines es la voz de millones, la voz de un escritor universal.

Este cerdito inculto que ama la poesía -casi- por sobre todas las cosas, volvió a su viejo librero para elegir siete de sus poemas sabineros favoritos. Y no, no está entre ellos “Los amorosos”. Ya saben, Jamlet es un hipster irredento.  

 

El día

Amanecí sin ella.

Apenas si se mueve.

Recuerda.

 

(Mis ojos, mas delgados, la sueñan.)

 

¿Qué fácil es la ausencia?

 

En las hojas del tiempo

esa gota del día

resbala, tiembla.

 

***

 

He aquí que tú estás sola y que estoy solo...

He aquí que tú estás sola  y que estoy solo.

Haces tus cosas diariamente y piensas

y  yo pienso y recuerdo y estoy solo.

A la misma hora nos recordamos algo

y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya

somos, y una locura celular nos recorre

y una sangre rebelde y sin cansancio.

Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,

se me caerá la carne trozo a trozo.

Esto es lejía y muerte.

El corrosivo estar, el malestar

muriendo es nuestra muerte.

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado

quién eres, dónde estás, cómo te llamas.

Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,

una mitad apenas, sólo un brazo.

Te recuerdo en mi boca y en mis manos.

Con mi lengua y mis ojos y mis manos

te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,

a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,

hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.

En mis labios te sé, te reconozco,

y giras y eres y miras incansable

y toda tú me suenas

dentro del corazón como mi sangre.

Te digo que estoy solo y que me faltas.

Nos faltamos, amor, y nos morimos

y nada haremos ya sino morirnos.

Esto lo sé, amor, esto sabemos.

Hoy y mañana, así, y cuando estemos

en nuestros brazos simples y cansados,

me faltarás, amor, nos faltaremos.

 

***

 

Amor mío, mi amor, amor hallado…

Amor mío, mi amor, amor hallado

de pronto en la ostra de la muerte.

Quiero comer contigo, estar, amar contigo,

quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo

los hilos de mi sangre acostumbrada,

lo dice este dolor y mis zapatos

y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,

tontamente, perdido, iluminado,

soñando rosas e inventando estrellas

y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,

desde la alfombra de ese cuarto a solas,

en las sábanas tibias de tu cuerpo

donde se duerme  un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,

río de noche, platanar oscuro,

colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,

de tus pies a tu muslo y tu costado.

 

***

 

Cuando estuve en el mar era marino….

Cuando estuve en el mar era marino

este dolor sin prisas.

Dame ahora tu boca:

me la quiero comer con tu sonrisa.

Cuando estuve en el cielo era celeste

este dolor urgente.

Dame ahora tu alma:

quiero clavarle el diente.

No me des nada, amor, no me des nada:

yo te tomo en el viento,

te tomo del arroyo de la sombra,

del giro de la luz y del silencio,

de la piel de las cosas

y de la sangre con que subo al tiempo.

Tú eres un surtidor aunque no quieras

y  yo soy el sediento.

No me hables, si quieres, no me toques,

no me conozcas más, yo ya no existo.

Yo soy sólo la vida que te acosa

y tú eres la muerte que resisto.

 

***

 

No es nada de tu cuerpo…

No es nada de tu cuerpo

ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,

ni ese lugar secreto que los dos conocemos,

fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca  -tu boca

que es igual que tu sexo-,

ni la reunión exacta de tus pechos,

ni tu espalda dulcísima y suave,

ni tu ombligo en que bebo.

Ni son tus muslos duros como el día,

ni tus rodillas de marfil al fuego,

ni tus pies diminutos y sangrantes,

ni tu olor, ni tu pelo.

No es tu mirada -¿qué es una mirada?-

triste luz descarriada, paz sin dueño,

ni el álbum de tu oído, ni tus voces,

ni las ojeras que te deja el sueño.

Ni es tu lengua de víbora tampoco,

flecha de avispas en el aire ciego,

ni la humedad caliente de tu asfixia

que sostiene tu beso.

No es nada de tu cuerpo,

ni una brizna, ni un pétalo,

ni una gota, ni un grano, ni un momento.

Es sólo este lugar donde estuviste,

estos mis brazos tercos

 

***

 

Se ha vuelto llanto este dolor ahora…

Se ha vuelto llanto este dolor ahora

y es bueno que así sea.

Bailemos, amemos, Melibea.

 

Flor de este viento dulce que me tiene,

rama de mi congoja:

desátame, amor mío, hoja por hoja,

 

mécete aquí en mis sueños,

te arropo con mi sangre, ésta es tu cuna:

déjame que te bese una por una,

 

mujeres tú, mujer, coral de espuma.

 

Rosario, sí, Dolores cuando Andrea,

déjame que te llore y que te vea.

 

Me he vuelto llanto nada más ahora

y te arrullo, mujer, llora que llora.

 

***

 

Vamos a guardar este día…

Vamos a guardar este día

entre las horas, para siempre,

el cuarto a oscuras,

Debussy y la lluvia,

tú a mi lado, descansando de amar.

Tu cabellera en que el humo de mi cigarrillo

flotaba densamente, imantado, como una mano

acariciando.

Tu espalda como una llanura en el silencio

y el declive inmóvil de tu costado

en que trataban de levantarse,

como de un sueño, mis besos.

La atmósfera pesada

de encierro, de amor, de fatiga,

con tu corazón de virgen odiándome y odiándote.

todo ese malestar del sexo ahíto,

esa convalecencia en que nos buscaban los ojos

a través de la sombra para reconciliarnos.

Tu gesto de mujer de piedra,

última máscara en que a pesar de ti te refugiabas,

domesticabas tu soledad.

Los dos, nuevos en el alma, preguntando por qué.

Y más tarde tu mano apretando la mía,

cayéndose tu cabeza blandamente en mi pecho,

y mis dedos diciéndole no sé qué cosas a tu cuello.

Vamos a guardar este día

entre las horas para siempre.

 

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