Literatura

El retorno del poeta

Pero el viajero que huye

tarde o temprano

detiene su andar.

Carlos Gardel, “Volver”

Dicen que cuando uno parte de casa siempre acaba por volver, no importa cuándo, no importa cómo, pero siempre se emprende un camino de regreso. Sin embargo, hay retornos que resultan imposibles de atestiguar, como los que hacen los muertos, al menos en el plano físico, porque hay otros donde queda evidencia de ello. La prueba más clara es la poesía de César Vallejo, quien se autoexilió en París, en 1923, y no regresó nunca más a la tierra que lo vio nacer.

Hay que mencionar que Vallejo perdió a su madre cinco años antes, en 1918, y a su padre en 1924. Por la primera regresó a su natal Santiago de Chuco, en Perú, en 1920 y terminó encarcelado debido a un mal entendido, por el segundo ya no volvió.

Acaso por ello a la luz de las teorías psicoanalíticas, la obra vallejiana, como Los Heraldos Negros, encuentra una interpretación evidente de su niñez a lado de 10 hermanos y uno de ellos, mayor inmediato a él, fallecido. Hablar sobre infancia, psicoanálisis y  la literatura de Vallejo resulta sencillo, pues incluso hay un apartado de poemas, dentro de la obra mencionada, a la que denomina Canciones de hogar, lo que no resulta evidente es el significado de esos poemas dedicados a su pasado.

“Encajes de fiebre” es el retorno a los recuerdos de la infancia, recuerdos inmersos en un ambiente de pobreza, de estrechez económica, pero llenos de nostalgia para el poeta:

Por los cuadros de santos en el muro colgados

mis pupilas, arrastran un ¡ay! de anochecer;

y en un temblor de fiebre, con los brazos cruzados,

mi ser recibe vaga visita del Noser:

 

Una mosca llorona en los muebles cansados

yo no sé qué leyenda fatal quiere verter:

una ilusión de Orientes que fugan asaltados;

un nido azul de alondras que mueren al nacer.

En un sillón antiguo sentado está mi padre.

Como una Dolorosa, entra y sale mi madre:

Y al verlos siento un algo que no, quiere partir.

 

Porque antes, de la oblea que es la hostia, hecha de

Ciencia,

está la hostia, hombre hecha de Providencia.

Y la visita nace, me ayuda a bien vivir.

 

Es en este poema donde aparece nuevamente (porque en la misma obra podemos leer antes “Nervazón de angustia”, una alusión clara a La Piedad) la imagen de la madre que sufre, pero que saca “adelante” a su familia porque ella es la fuerza del hogar, el motor que impulsa día a día a los hijos. Por eso a ella la vemos “Dolorosa”, que no frágil, porque es el padre quien encarna la figura de la debilidad.

Luego en “Los pasos lejanos”, nuevamente papá y mamá están solos, solos y llenos de soledad, acompañados ambos por el mismo recuerdo de los hijos ingratos que se fueron. Los versos otra vez nos dejan claro que si en alguien es evidente la amargura, la inseguridad, es en el padre, porque la madre quizá la oculte, porque la madre, a pesar de todo, está suave (contraria a la dureza del cuerpo post mortem), viva, “ala”, “salida”, “amor”, dice Vallejo:

Mi padre duerme. Su semblante augusto

figura un apacible corazón;

está ahora tan dulce…

si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;

y no hay noticias de los hijos hoy.

Mi padre se despierta, ausculta

la huida a Egipto, el restañante adiós.

Está ahora tan cerca;

si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,

saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,

tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,

sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde,

y que baja y que cruje,

son dos viejos caminos blancos, curvos.

Por ellos va mi corazón a pie.

 

Después, en el poema “A mi hermano Miguel”, la única que aparece es ella, la madre, como si fuera la única en la familia que se preocupa por los hijos (¿y no es así la mayoría de las veces?). Uno de ellos, Miguel, pierde la vida y el problema es la reacción, las emociones, los sentimientos que en ella devengan cuando sepa la noticia.

In memoriam

 

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,

donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá

nos acariciaba: “Pero, hijos…”

 

Ahora yo me escondo,

como antes, todas estas oraciones

vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores.

Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Me acuerdo que nos hacíamos llorar,

hermano, en aquel juego.

 

Miguel, tú te escondiste

una noche de agosto, al alborear;

pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.

Y tu gemelo corazón de esas tardes

extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya

cae sombra en el alma.

 

Oye, hermano, no tardes

en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá

 

Por último, hablando de lazos familiares, encontramos “Enereida”, el poema épico del hombre rural, el hombre común que pasa sus días en el campo, un homenaje al padre que muere un mes de enero. Lo curioso es que dentro de Canciones de hogar, de entre progenitor y progenitora, el único que muere es él. A la madre la percibimos eterna, permanente. A pesar de ello, para Vallejo su padre no es una figura despreciable, al contrario, es un hombre al que admira y respeta, pero que depende de la madre.

Mi padre, apenas

en la mañana pajarina, pone

sus setentiocho años, sus setentiocho

ramos de invierno a solear.

El cementerio de Santiago, untado

en alegre año nuevo, está a la vista.

Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él,

y tornaron de algún entierro humilde.

 

Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale

Una broma de niños se desbanda.

 

Otras veces le hablaba a mi madre

de impresiones urbanas, de política;

y hoy, apoyado en su bastón ilustre

que sonara mejor en los años de la Gobernación,

mi padre está desconocido, frágil,

mi padre es una víspera.

Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas,

recuerdos, sugerencias.

La mañana apacible le acompaña

con sus alas blancas de hermana de la caridad.

 

Día eterno es éste, día ingenuo, infante

coral, oracional;

se corona el tiempo de palomas,

y el futuro se puebla

de caravanas de inmortales rosas.

Padre, aún sigue todo despertando;

es enero que canta, es tu amor

que resonando va en la Eternidad.

Aún reirás de tus pequeñuelos,

y habrá bulla triunfal en los Vacíos.

 

Aún será año nuevo. Habrá empanadas;

y yo tendré hambre, cuando toque a misa

en el-beato campanario

el buen ciego mélico con quien

departieron mis sílabas escolares y frescas,

mi inocencia rotunda.

Y cuando la mañana llena de gracia,

desde sus senos de tiempo,

que son dos renuncias, dos avances de amor

que se tienden y ruegan infinito, eterna vida,

cante, y eche a volar Verbos plurales,

jirones de tu ser,

a la borda de sus alas blancas

de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!

 

Vale la pena señalar que Los heraldos negros fue publicado en 1919 en Lima, Perú,  cuando Vallejo apenas se está haciendo un lugar en el mundillo intelectual y se encuentra aún lejos de la influencia vanguardista que ya ocurría en Europa, sobre todo en París. No obstante, en sus futuras publicaciones ya no abandonará la temática que caracteriza el poemario: la decadencia, la desolación y la tristeza. Acaso por ello es posible decir que la obra de Vallejo es redonda, completa, total y busca siempre el retorno al origen, literal y metafóricamente hablando.

En Poemas Humanos, publicados en 1939 luego de la muerte del poeta, se leen textos escritos entre 1931 y 1937, y se encuentran nuevamente los temas que aparecen en Los heraldos negros, pero ahora se añora más a la madre, al padre, al campo, para muestra el poema en prosa “El buen sentido”, donde Vallejo se lamenta por su edad y evoca el reencuentro con su madre.

“Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso. Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero más se pone triste; más se pusiera triste…”

El ensayista Américo Ferrari reconstruyó el camino de vida recorrido por Vallejo, desde su pueblo natal en Perú, hasta su muerte en París, y concluyó que el poeta se sentía a disgusto en medio de la sociedad artificial y deshumanizada que lo rodeaba en París, lo cual explicaría la obsesiva añoranza del hogar materno en medio de una sociedad campesina.

Sin duda, Vallejo explora durante sus años productivos diversos estilos, diferentes temáticas y distintos problemas, pero aún así no dejará de añorar el hogar que ya no existe y buscará el retorno a éste.

Bibliografía

  • Vallejo, César, Poemas humanos, Ed. Perú Nuevo, 1959
  • ——————, Obra poética completa, Ed. Alianza Tres, 1986

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