Literatura Rándom

Huidobro en la literatura francesa

Una de las grandes preguntas que se hacen los críticos literarios, los críticos de los críticos literarios y básicamente aquellos que se interesan en cuestiones relacionadas con la literatura es: ¿quién decide “el canon literario”? ¿Cómo se establecen los parámetros para determinar quién merece, no sólo ser publicado, sino leído? ¿Todo lo que leemos está predeterminado por la mercadotecnia, y nada más? ¿QUÉ ES EL CANON?

Vayamos por partes. Entiéndase por canon la segunda acepción que ofrece la Real Academia Española: un modelo de características perfectas.

Lo que leemos, como bien nos ha enseñado Schüking en El Gusto Literario, no se determina sólo por la mercadotecnia, aunque tiene mucho qué ver, sobre todo en la actualidad, pero en realidad el gusto literario (que no es igual al canon literario a pesar de ser conceptos que se acercan mucho) de una época, de una generación o de un grupo social se establece por diversos factores que funcionan como los algoritmos de Google cuando nos arrojan publicidad basados en la forma que navegamos en la red.

Por otro lado, los parámetros para elegir qué merece ser del canon se establecen de muchas formas, una de éstas es por medio de las instituciones, la academia y la crítica literaria, que suele conformarse por una camarilla que, basada en su propio gusto, en sus propios intereses, y en algunos casos en la calidad literaria de las obras, deciden lo que es bueno o malo, y sentencian al éxito o al fracaso a los autores. Al final, el canon literario se determina por la sociedad en general y entran en juego valores de consumo, ventas, publicidad, política y por supuesto, valores estéticos (¿o ustedes son de los que creen que el preludio a Avengers End Game: Capitana Marvel se estrenó el viernes 8 de marzo de 2019 por mera casualidad? No, no creo que sean tan ingenuos).

El problema del canon literario es que ha servido como parámetro para medir a autores desmarcados de un contexto al que, evidentemente, estaba adscrito este canon. Sin embargo, como indicó alguna vez el investigador Walter Mignolo:

“A nivel de las fronteras culturales, un canon debería considerarse como relativo a la comunidad y no como una relación jerárquica respecto a un canon fundamental, ni tampoco dentro de un modelo evolutivo en que los ejemplos canónicos se convierten en el paraíso al que aspiran las literaturas y en medida de la organización jerárquica”, Mignolo

Por ello, hablar de un canon no tiene que significar sólo calidad, sino también contexto. Por ejemplo, el escritor chileno, Vicente Huidobro, se insertó tarde dentro del canon debido a una serie de juicios injustos que disminuyeron la luz de su carrera por algunas décadas:

“En el año 1920, surge una controversia que significó que, tanto el público lector como la crítica literaria, perdiesen fe en la originalidad del escritor. Tendrían que pasar casi treinta años después de la muerte de Huidobro, en 1948, para que se le comenzase a conceder verdadero mérito a su obra”, Silva.

¿Cuáles fueron los señalamientos que se hicieron a Huidobro? En primera instancia, que su estilo no era original, como él mismo presumía, pues en realidad era copia del estilo del poeta francés Pierre Reverdy, director de la revista Nord-Sud, y con quien el chileno colaboró casi recién llegado a Europa. En segundo lugar, se decía que había antedatado el año de publicación de su libro El espejo del agua, con el único fin de aparecer dentro del ambiente vanguardista como el primer poeta creacionista. Y por último, haberse autodenominado el fundador del creacionismo sin serlo.

A Huidobro lo acusaron Enrique Gómez Carrillo, Guillermo de Torre y luego el mismo Reverdy, entre otros. Las evidencias no eran sólidas, no obstante, fueron suficientes para que a Huidobro se le reconociera, hasta la década de 1970, como el primer poeta, en lengua española, fundador de una teoría y una práctica estéticas, las cuales favorecerían la creación de más movimientos vanguardistas en España y América Latina, al grado de comparar la obra creacionista de Huidobro, en cuanto a relevancia dentro de la literatura hispana, con la de otro poeta del canon, el modernista Rubén Darío.

Sin embargo, hay que decir que la revaloración de la obra del poeta chileno no implicó un cambio significativo dentro del panorama literario en Francia:

“Su lugar en la memoria literaria francesa es prácticamente inexistente, y las huellas de su paso por París, efímeras y atenuadas con el tiempo, lo son muy poco menos comparadas con aquéllas que desde su acción en España marcaron durable y fecundamente el ámbito de la lengua literaria castellana”, Rojas.

Lo anterior podría parecer irrelevante, pues en realidad, ¿cuántos escritores latinoamericanos han influido de forma directa a las generaciones de creadores literarios en Europa? Pocos, la lista podría limitarse a 10 nombres (pertenecientes al canon), aunque ello no quiere decir que no haya un sin fin de obras escritas en español, en América. En realidad, a lo que me refiero que es suele ser complicado encontrar una influencia clara en las producciones literarias del Primer Mundo, provenientes del llamado Tercer Mundo, aunque las debe de haber.

Por ejemplo, ¿se han puesto a pensar en las semejanzas que hay entre la voz poética del “Prefacio” de Altazor, y la voz narrativa de El Principito? ¿Alguna vez se les ocurrió que ambas obras podrían estar hablando de lo mismo, o van en un mismo sentido? ¿Se han imaginado a Antoine de Saint-Exupéry, uno de los autores más leídos y traducidos en todo el mundo gracias a El Principito, leyendo y tomando como fuente de inspiración los versos de Altazor?

En el “Prefacio” del poema citado, descubrimos a una voz poética que nos habla sobre su origen y su destino. Habla con un pájaro que dice: “si yo fuese dromedario no tendría sed”, atraviesa el cielo con un paracaídas, se encuentra con vírgenes posadas sobre rosas y piensa en el sentido de la existencia. Mientras tanto, el narrador de El Principito surca los cielos en un avión; habla con un principito que se enamora de una rosa y dice que un hombre serio, que se la pasa sumando y restando, no es un hombre, sino un hongo; y piensa en el sentido de la existencia… Es decir que hay en ambas obras elementos que si bien, no las hacen versiones distintas de un mismo tema, cuentan con símbolos que las hermanan.

Es muy probable que Saint-Exupéry no haya leído nunca a Huidobro, que no se haya enterado de la teoría creacionista nunca, pero sobre todo, es muy probable que, en caso de encontrar vínculos entre una y otra obra, la del francés publicada en 1943 y la del chileno en 1931, los galos nunca reconozcan la mínima aportación de este gran poeta latinoamericano a su historia literaria, y es que, como indica la académica Pulido Tirado, la habilidad de leer es distinta a la habilidad de leer un conjunto de textos canónicos o textos seleccionados por ser portadores de determinados valores estéticos, étnicos o tradicionales.

 

Bibliografía

 

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