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Del reflejo a la realidad

Hace poco estuve en dos clases sobre los géneros de narrativa, ensayo y poesía contemporánea producida en Europa del Este, y la ponente que dictaba las sesiones señaló reiteradamente: la literatura no es reflejo de la sociedad, como arguyen muchos académicos. Ella sostenía que la literatura toma elementos de la realidad, pero para nada es un reflejo.

Me quedé pensando en su argumento, en parte porque fue demasiado enfática, como si se tratara de una gran mentira que nos han hecho creer, y en parte porque hacía poco yo había defendido frente a ciertas personas todo lo contrario, que la literatura sí refleja la realidad en la que se genera.

Le he dado vueltas al asunto desde entonces y hoy estoy más convencida de que aquello dicho no fue algo sin sentido, ni tampoco la repetición del mito contado a los estudiantes de letras.

Pienso, por ejemplo, en una serie de Netflix que vi hace poco: Love, Death and Robots, la cual, básicamente, se construye por cortometrajes animados que giran en torno a esos tres temas: el amor, la muerte y los robots. Cuando la terminé de ver me pregunté: ¿esa serie hubiera sido la misma si se hubiera producido hace 50 años? ¡Por supuesto que no! Y es que los temas narrados son actuales, los personajes son tratados con una perspectiva que no había hace 50 años y la crítica que se hace es a los modelos económicos, políticos y sociales de hoy en día, incluso a pesar de que las historias se desarrollan en mundos distópicos, muy distintos al nuestro. Claro que retoma elementos de la realidad, claro que hace 50 años hubiera retomado los mismos elementos: personas, calles, sentimientos, emociones, etc., pero sin duda el resultado sería otro.

Por otro lado, si hablamos de realidades exactamente iguales a la nuestra, se me ocurre traer a colación la novela de Martín Solares, No manden flores, publicada en 2015 por Random House.

En esta novela, conocemos a Carlos Treviño, una suerte de ex policía e investigador privado que la hace de antihéroe y vive aislado de la sociedad en un olvidado pueblo con mar. Es contratado (prácticamente a la fuerza) por un millonario norteño cuya hija, aparentemente, fue secuestrada.

Es así como a lo largo de casi 500 páginas, Treviño intenta descubrir qué pasó con la adolescente, no sin antes llevarse desagradables y desalentadoras sorpresas: en México desaparecen personas todos los días, en México muchas de esas personas no son buscadas por la policía, en México a los desaparecidos se les encuentra muertos, en México hay trata de mujeres, en México secuestran camiones de pasajeros y éstos son asesinados u obligados a trabajar para el crimen organizado, en México hay corrupción, hay impunidad, hay violencia, en México NO hay paz.

La novela está situada en el el Golfo de México, en Tamaulipas y Veracruz, dos entidades asoladas por la delincuencia organizada, de donde la gente ha huído porque les han matado parientes, les han cobrado derecho de piso, les han quitado tierras, casas, negocios y su tranquilidad; dos entidades transitadas por migrantes que cruzan la frontera sur y buscan llegar a Estados Unidos, la mayoría sin éxito.

Esa es la cara que Solares muestra en su novela, una cara que en el centro de México muchos desconocemos pero que forma parte de la realidad que encontramos los habitantes de este país.

Sin lugar a dudas, No manden flores es un reflejo de la cotidianidad en la que fue desarrollada, acaso por ello forma parte de un género literario que comenzó a hacerse espacio en México desde finales de 1980: la narcoliteratura, el cual refleja un contexto que se ha hecho evidente desde entonces. Hay que tener claro que ese reflejo es ficción, no es realidad, los personajes no habitan nuestro mundo ni tampoco lo transforman, pero hay personas similares a ellos que sí.

El crítico literario Walter Mignolo dice en su estudio “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista” que los españoles que llegaron a América y relataron por medio de cartas, crónicas y relaciones todo lo recién descubierto, no lo hicieron conscientes de escribir historia o literatura; sin embargo, esos textos son evidencias de los acontecimientos, son historia y también son literatura. Lo que describen, de lo que hablan, es sobre la realidad que no son capaces de nombrar totalmente pero que hoy entendemos a la perfección.

Si dentro de unos días el mundo se acabara tal y como lo conocemos, y dentro de algunos años llegaran extraterrestres a poblarlo nuevamente, encontrarían como evidencia de nuestra existencia un montón de literatura que probablemente sería tomada, porque lo es, como el reflejo de lo que vivimos.

Es así como concluyo que sí, el arte en general es un reflejo del contexto social, político y económico en el que se enmarca, y No manden flores es, sin temor a equivocarme, una de las mejores novelas que se han escrito en las últimas décadas a propósito de la violencia que se vive en México, así como Love, Death and Robots es una gran serie de Netflix que vale cada segundo en el que transcurre.  

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