Literatura

La Peste de Camus en 10 frases

Este confinamiento en el que muchos vivimos nos hace dudar de todas nuestras certezas. 

Y quien diga que no le ha pasado -eso de cuestionarse todo lo que sabe-, es probable que esté mintiendo (eso creemos). 

Mientras este encierro nos sirve para volvernos más escépticos y para leer nuevas cosas, descubrir o redescubrir series y crear otras rutinas a solas o con la familia; vale la pena volver a los clásicos de la literatura.

En esta ocasión, Jamlet y los suyos volvieron a La Peste de Albert Camus, una novela que hoy parece tan fresca como si se hubiera escrito en estos días de cuarentena. 

Y por esa razón, decidimos compartirles las mejores diez frase que subrayamos cuando nos devoramos el libro:

Sobre las ciudades de ahora 

«El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. En nuestra ciudad, por efecto del clima, todo ello se hace igual, con el mismo aire frenético y ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos. Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse. Se interesaban sobre todo  por el comercio, y se ocupan principalmente, según propia expresión, de hacer negocios.»

Sobre las comunicaciones

«Hasta la pequeña satisfacción de escribir nos fue negada. Por una parte, la ciudad no estaba ligada al resto del país por los medios de comunicación habituales, y por otra, una nueva disposición prohibió toda correspondencia para evitar que las cartas pudieran ser vehículos de infección.»

«Los telegramas llegaron a ser  nuestro único recurso. Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras.»

Sobre la avaricia

«Anduvieron un rato juntos. Cottard le contó que un comerciante de productos alimenticios de su barrio había acaparado grandes cantidades, para venderlos luego a precios más altos, y que habían descubierto latas de conservas debajo de la cama cuando habían venido a buscarlo para llevarlo al hospital. “Se murió y la peste no le pagó nada”.»

Sobre la desesperación del encierro

«La gente había aceptado primero el estar aislada del exterior como hubiera aceptado cualquier molestia temporal que no afectase mas que a alguna de sus costumbres. Pero de pronto, conscientes de estar en una especie de secuestro, bajo la cobertera del cielo donde ya empezaba a retostarse el verano, sentían confusamente que esta reclusión amenazaba toda su vida y, cuando llegaba la noche, la energía que recordaban con la frescura de la atmósfera les llevaba a veces a cometer actos desesperados.»

Sobre las ironías

«”En tiempos de peste, prohibido escupir a los gatos”, ésta era la conclusión de los apuntes.»

Sobre la lucha contra el pesimismo

«Y justamente lo que queda por subrayar antes de llegar a la cúspide de la peste, mientras la plaga estuvo reuniendo todas sus fuerzas para arrojarse sobre la ciudad y apoderarse definitivamente de ella, son los continuados esfuerzos, desesperados y monótonos, que los últimos individuos, como Rambert, hacían por recuperar su felicidad y arrancar a la peste esa parte de ellos mismos que defendían contra toda esa asechanza.»

Sobre el amor en tiempos de epidemias

Y habiéndose quejado durante las primeras semanas de que su amor tenía que entenderse únicamente con sombras, se dieron cuenta, poco a poco, de que esas mismas sombras podían llegar a descarnarse más, perdiendo hasta los ínfimos colores que les daba el recuerdo. Al final de aquel largo tiempo de separación, ya no podían imaginar la intimidad que había habido entre ellos ni el hecho de que hubiese podido vivir a su lado un ser sobre quien podían en todo momento poner la mano.»

Sobre el deseo de que todo pase

«… todos experimentaban sentimientos monótonos. “Ya es hora de que esto termine”, decían, porque en tiempo de peste es normal buscar el fin del sufrimiento colectivo y porque, de hecho, deseaban que terminase. Pero todo se decía sin el ardor ni la actitud de los primeros tiempos, se decía sólo con las pocas razones que nos quedaban todavía claras y que eran muy pobres.»

Sobre el final de todo

«Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.»

 

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