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¿Por qué hablar de Liliana y Marlén?

Fui madre por primera vez hace dos años y por segunda apenas hace un mes, lo que en mi vida se ha traducido como la acumulación de libros pendientes de lectura, porque el tiempo transcurre diferente con niños en casa; a veces el cansancio impide la concentración, otras son los mismos hijos que demandan atención para jugar, aprender o simplemente estar junto a una, y las pocas horas que quedan libres, al menos yo, las aprovecho para estar con mi pareja, hablar sobre temas al azar o incluso ver una serie que nos distraiga de la difícil labor que es la crianza. 

No es excusa, porque en realidad no tendría que disculparme con nadie, acaso conmigo, pero tampoco me lo reprocho; cambié un buen tiempo la lectura por pasar muchas horas con mis hijos, siempre cerca, muy muy cerca, para que nunca les quede duda de que pase lo que pase, ahí estoy. Hubo remordimiento, sobre todo cuando supe que otras mujeres leen hasta 200 libros en un año. En fin, no soy otras mujeres, soy yo, y hago lo que puedo y quiero. 

En mi cumpleaños de 2021, recibí El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, un libro sobre el feminicidio de Liliana, hermana de la autora. Lo comencé a leer en enero de este año y fue dos meses después que pude terminarlo, con un nudo en la garganta y un hueco en el estómago. 

Es verdad que la maternidad me sensibilizó ante los peligros que representa el mundo exterior, y me duele saber sobre madres que perdieron hijas o hijos. Desde que conocí a mi primera bebé dejé de concebir el mundo como un lugar perfecto sin ella, y esa noción creció con la llegada del segundo hijo: aquí yo no sería feliz si me faltara alguno. Pero el libro no está narrado por la madre, sino por la hermana, y también soy hermana, hermana de sangre pero también he sido hermana forjada por el amor de todas las amigas que he tenido en la vida, de todas las mujeres con las que he compartido sonrisas. Y tampoco puedo entender el mundo sin ninguna de ellas, empezando por la mujer de rizos rojos que tres años después de mi nacimiento, me quitó el lugar de hija única.

Sin embargo, no se trata de caer en el cliché: “imagina que pudo ser tu mamá, tu hija, tu hermana”, no. Se trata de entender que todas siempre estamos en un riesgo inminente, que todas las que seguimos vivas, de alguna forma u otra hemos sorteado el peligro de vivir en un mundo patriarcal. Se trata de ellas, las que nos faltan y faltarán siempre, las que se quedaron en el camino por el simple hecho de ser mujeres y haberse cruzado con el fulano equivocado.

Liliana Rivera Garza murió en junio de 1990, y mi madre, quien seguramente no se enteró del asesinato de la estudiante de arquitectura de la UAM, en Azcapotzalco, rondaba los dos meses del embarazo que me traería al mundo, a sus 23 años de edad; es decir que era apenas 3 años mayor que Lili, como le decían sus amigos. La nota salió en La prensa, de tal forma que, a pesar de haber ocupado algunas páginas, durante algún tiempo, en un diario de circulación nacional, la noticia de ese feminicidio pasó de largo, casi en silencio, como el mismo hecho, como el de las 10 mujeres que asesinan todos los días en este país. 

Con libros como El invencible verano de Liliana, donde se conoce el final desde que uno lo compra, se alberga una pequeña esperanza conforme se leen sus primeras páginas, acaso porque te vas familiarizando con el personaje central, la vas queriendo y vas anhelando que cumpla su único sueño: ser libre. Luego entendemos que eso no ocurrió ni ocurrirá, y el siguiente anhelo es de justicia, que el asesino, que el feminicida, obtenga el castigo que se merece: muchos, muchos años de cárcel, una vida en completo aislamiento, como mínimo, pero la realidad te vuelve a golpear de manera brutal: no hubo justicia y quién sabe si la habrá (hace unas semanas Rivera Garza publicó en su perfil de Facebook que quizá el asesino de su hermana había muerto ahogado, cosa que nadie ha podido confirmar). Y el panorama es aún más desolador: después de este crimen vinieron miles más, todos los días, y muy pocos han acabado con el feminicida en la cárcel. 

Hace unos días, después de haber leído algunas páginas del libro, estaba pensando en el miedo que me da el hecho de que mi hija crezca aquí, en este mundo, porque siempre estará cerca del peligro, siempre correrá el riesgo de toparse con algún hijo maldito del patriarcado, y aunque espero darle las armas para enfrentarse a los riesgos, mi temor estará ahí todos los días… Todos los días de verano. 

***

El clima me recuerda a Marlén, la chica muda que Nacho Vegas, supongo, conoció en una playa hace años. La memoria trae a la mente una tarde soleada, los dos ríen, nadan en el océano y casi son felices, todos somos testigos de ello cuando escuchamos su canción. Sin embargo, el frío se cuela con la reminiscencia de su muerte, o mejor dicho, del suicidio. 

No estoy segura de la historia que hay detrás de “Hablando de Marlén”, no me atrevo a buscar en internet para husmear y averiguarla, si es que está ahí, porque prefiero imaginar que no es otra composición triste en el repertorio del cantautor. La he escuchado en vivo en todos los conciertos de Vegas a los que he asistido, y en cada uno es posible notar su mirada vacía, apenas suenan los primeros acordes. 

Una mujer drogadicta, una mujer asesina, una mujer sometida, una mujer en extrema pobreza, una mujer abusada sexualmente y una mujer suicida, son las protagonistas de algunas canciones de Vegas, donde se hace evidente la reflexión sobre el mundo patriarcal por el cual se disculpa en otro de sus temas, pero más que eso, donde queda el registro de la violencia de la que constantemente somos víctimas.

Apenas hoy leí el caso de Vania, una mujer de 22 años que fue asesinada por su pareja, a quien ya no amaba pero que no pudo dejar debido a que su casa se encontraba más cerca del trabajo en el que ella gastaba sus horas; también ayer leí sobre el caso de una pequeña de cuatro años que fue abusada sexualemente por dos maestras de su kínder, durante seis meses; y antier leí sobre otra mujer que salió a una entrevista de trabajo y fue encontrada días después, masacrada, dentro de un costal, junto al poste de luz de una calle cualquiera. 

Y así todos los días nos enteramos de un feminicidio diferente, de un caso de violación distinto, que nos recuerda lo mucho que hace falta por recorrer en el camino de la equidad, de la justicia. Acaso por ello es necesario que artistas como Nacho Vegas usen su voz, una voz capaz de hablarle a miles de personas, para generar un cambio de conciencia, quizá, o por lo menos sembrar dudas, reflexiones o discusiones en torno a temas tan relevantes como el feminismo y sus razones de existir.

Marlén fue sustraída siendo niña, o vendida quizá, de una zona minera. La llevaron a otro lugar, dónde el único trabajo que conoció fue el de sexoservidora. Nadie la escuchó hablar nunca, a lo mejor porque era muda de nacimiento o tal vez porque se cansó de nombrar, de decir, de gritar y que nadie la oyera. Un día desapareció y nadie preguntó por su paradero, no hubo redes sociales viralizando su imagen, rogando por encontrarla a salvo, así como nadie pregunta por los cadáveres de cientos de mujeres que se pudren en las fosas comunes, clandestinas, de este país. Ella nació obligada, creció sometida y nunca se le permitió decidir sobre su cuerpo o su vida, sólo pudo elegir su muerte. Después, fue hallada con un mensaje sentencioso: “Adiós, Norteña, olvídame”. 

Así es como Vegas cuenta esta historia, y tal parece que con la consigna de revertir la omisión en la que él mismo participó. No la olvidó ni tampoco los que conocemos su obra, quienes cantamos para homenajearla, para que su muerte no haya sido en vano, para que se acabe la trata de blancas, la explotación sexual, la pederastia. Para que no falte ni una niña, ni una mujer más. No obstante, todavía no es suficiente.

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